La paradoja de la dependencia


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Por Amir Levine (doctor en Psiquiatría) y Rachel Heller (magíster en Psicología Social y de las Organizaciones)

Trad. Ben Carral

Pareja abrazada seguraMucho antes de que se desarrollase la tecnología de neuroimagen, John Bowlby [1907-1990] comprendió que la necesidad de compartir nuestra vida con alguien es parte de nuestra composición genética y no tiene nada que ver con cuánto nos queremos a nosotros mismos o lo realizados que nos sentimos por nuestra cuenta. Descubrió que una vez que escogemos a alguien especial, entran en juego fuerzas poderosas y a menudo incontrolables. Nuevos patrones de comportamiento se activan sin importar lo independientes que seamos y a pesar de nuestras voluntades conscientes. Una vez que escogemos una pareja, no se trata de si existe dependencia o no. Siempre existe. Una coexistencia elegante que no incluya incómodos sentimientos de vulnerabilidad y miedo a la pérdida suena bien, pero no en nuestra biología. Lo que ha demostrado tener una fuerte ventaja de supervivencia a lo largo de la evolución es una pareja humana que se vuelve una unidad fisiológica, lo que significa que si ella responde, yo respondo, o que si él está disgustado, eso también me inquieta. Él o ella es parte de mí, y haré cualquier cosa para salvarle o salvarla; tener un interés especial en el bienestar de otra persona se traduce en una ventaja de supervivencia muy importante para las dos partes. […]

Resulta que la capacidad para adentrarse en el mundo por nuestra cuenta a menudo se origina en el conocimiento de que hay alguien a nuestro lado con el que podemos contar; y esta es la paradoja de la dependencia. Al principio es difícil seguir la lógica de esta paradoja. ¿Cómo podemos actuar de manera más independiente al depender totalmente de otra persona? Si tuviésemos que describir la premisa básica del apego adulto en una sola frase, sería: Si quieres tomar el camino de la independencia y la felicidad, encuentra primero a la persona adecuada de la que depender y recórrelo con ella. Una vez que comprendas esto, habrás entendido la esencia de la teoría del apego. Para ilustrar este principio, echemos otro vistazo a la infancia, donde comienza el apego. No hay nada que demuestre mejor la idea que estamos expresando que lo que se conoce en la especialidad como el experimento de la situación extraña.

El experimento de la situación extraña

Sarah y su hija de 12 meses, Kimmy, entran en una habitación llena de juguetes. Una amigable y joven asistente de investigación espera en la habitación e intercambia unas pocas palabras con ellas. Kimmy empieza a explorar el recién descubierto paraíso de juguetes; gatea por la habitación, coge juguetes, los tira al suelo y comprueba si suenan, ruedan o se encienden, mientras mira a su madre de vez en cuando.

Entonces se le pide a la madre de Kimmy que abandone la habitación; se levanta y se va en silencio. En cuanto Kimmy se da cuenta de lo que ha sucedido, se angustia. Gatea hacia la puerta tan rápido como puede, sollozando. Llama a su madre y machaca la puerta. La asistente de investigación intenta que Kimmy se interese en una caja llena de bloques de construcción de colores, pero esto solo consigue agitar más a Kimmy y tira uno de los bloques a la cara de la asistente.

Cuando su madre regresa a la habitación al cabo de un rato, Kimmy se apresura hacia ella gateando y levanta sus brazos para que la coja. Las dos se abrazan y Sarah tranquiliza calmadamente a su hija. Una vez tranquila de nuevo, el interés de Kimmy por los juguetes se vuelve a despertar y prosigue con su juego. El experimento en el que participaron Sarah y Kimmy probablemente sea el estudio más importante en el campo de la teoría del apego; al que se llama experimento de la situación extraña (la versión aquí descrita es una versión abreviada del experimento). Mary Ainsworth [1913-1999] estaba fascinada por la manera en que el impulso exploratorio de los niños —su capacidad para jugar y aprender— se puede despertar o frenar por la presencia o la partida de su madre.

Descubrió que tener una figura de apego en la habitación era suficiente para permitir que el niño saliese a un entorno previamente desconocido y explorase con confianza. Esta presencia se conoce como base segura. Es el conocimiento de que estás respaldado por alguien que te apoya, en quien puedes confiar con un 100 por ciento de certeza y al que puedes recurrir en momentos de necesidad. Una base segura es un prerrequisito para la capacidad del niño para explorar, desarrollar y aprender.

Una base segura para adultos

En cuanto adultos ya no jugamos con juguetes, pero tenemos que salir al mundo y tratar con situaciones novedosas y retos difíciles. Queremos ser altamente funcionales en el trabajo, estar tranquilos e inspirados en nuestras aficiones, y ser lo bastante compasivos para cuidar de nuestros hijos y de nuestras parejas. Si nos sentimos seguros, como el bebé en el experimento de la situación extraña cuando su madre está presente, tenemos el mundo a nuestros pies. Podemos asumir riesgos, ser creativos y perseguir nuestros sueños. Y ¿qué sucede si nos falta el sentido de seguridad? Si estamos inseguros de si la persona más cercana a nosotros, nuestra pareja romántica, cree realmente en nosotros, nos apoya y estará ahí para nosotros en los momentos de necesidad, encontraremos mucho más difícil mantenernos centrados e implicados en la vida. Como en el experimento de la situación extraña, cuando nuestras parejas son totalmente confiables y nos hacen sentir seguros, y especialmente si saben cómo tranquilizarnos en los momentos difíciles, podemos poner nuestra atención en todos los otros aspectos de la vida que hacen significativa nuestra existencia.

Fuente:
Amir Levine y Rachel Heller, Attached: The New Science of Adult Attachment and How It Can Help You Find – and Keep – Love, Tarcher/Penguin, 2010, trad. Ben Carral. (Maneras de amar: la nueva ciencia del apego adulto y cómo puede ayudarte a encontrar el amor y conservarlo, Urano, 2011.)