Los diálogos demoniacos


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Por Sue Johnson (doctora en Psicología; referente del Mindfulness Gijón)

Trad. Ben Carral

Sue JohnsonCuanto más tiempo se siente distanciada una pareja, más negativas se vuelven sus interacciones. Los investigadores han identificado varios de estos patrones negativos y les han dado nombres distintos. A los tres que considero más básicos, yo les llamo diálogos demoniacos. Son Encuentra al Malo, la Polka de Protesta y Detente y Huye […]

Con mucho, el más dominante del trío es la Polka de Protesta. En este diálogo, un miembro de la pareja se vuelve crítico y agresivo, y el otro, defensivo y distante. El psicólogo John Gottman de la Universidad de Washington en Seattle ha descubierto que las parejas que se atascan en este patrón durante los primeros años de matrimonio tienen más del 80% de probabilidades de divorciarse en cuatro o cinco años.

Echemos un vistazo a una pareja, Carol y Jim, que discute desde hace tiempo porque él llega tarde a las citas. Durante una sesión en mi consulta, Carol se queja a Jim por su última transgresión: no llegó a tiempo para la noche de cine que habían planeado.  «¿Cómo es que siempre llegas tarde?», le cuestiona. «¿No te importa que tengamos una cita, que esté esperando y que siempre me falles?» Jim reacciona con frialdad: «Se me hizo tarde. Pero si vas a comenzar a quejarte otra vez, quizá deberíamos volver a casa y olvidar la cita». Carol contraataca enumerando todas las otras veces en que Jim se ha retrasado. Jim empieza a cuestionar la lista de ella, pero se detiene y se retira a un silencio gélido.

En esta disputa interminable, Jim y Carol están atrapados en el contenido de sus peleas. ¿Cuándo fue la última vez que Jim se retrasó? ¿Fue todavía la semana pasada o hace meses? Van de un punto muerto acerca de «lo que pasó en realidad» al otro, discutiendo quién cuenta la historia más «exacta» y quién tiene «la culpa». Están convencidos de que el problema tiene que ver o con la irresponsabilidad de él o con las quejas de ella.

Pero en verdad no importa por qué se estén peleando. En otra sesión en mi consulta, Carol y Jim empiezan a discutir sobre la renuencia de Jim a hablar de su relación. «Hablar de esto simplemente hace que nos peleemos», afirma Jim. «¿Para qué sirve? Le damos vueltas y vueltas. Se vuelve frustrante.  Y, de todos modos, al final todo tiene que ver con mis “defectos”. Me siento más cerca cuando hacemos el amor.» Carol sacude la cabeza: «No me apetece sexo ¡cuando ni siquiera estamos hablando!».

¿Qué ha sucedido aquí? El patrón ataque-retirada con el que Carol y Jim tratan el asunto del «retraso» se ha extendido a dos asuntos más: «no hablamos» y «no tenemos sexo». Están atrapados en un círculo terrible. Sus respuestas generan más respuestas y emociones negativas el uno en el otro. Cuanto más culpa Carol a Jim, más se retira él. Y cuanto más se retira él, más frenéticos y cortantes se vuelven los ataques de ella.

Al final, los motivos de cualquier pelea no importarán para nada. Cuando las parejas llegan a este punto, toda su relación se ve marcada por el resentimiento, la precaución y la distancia. Verán cualquier diferencia, cualquier desacuerdo, a través de un filtro negativo. Escucharán palabras inocentes y oirán una amenaza. Verán una acción ambigua y asumirán lo peor. Se verán consumidos por miedos y dudas catastróficos, y estarán constantemente en guardia y a la defensiva. Incluso si se quieren acercar, no pueden. El título de una canción de los Notorious Cherry Bombs define perfectamente la experiencia de Jim: «It’s Hard to Kiss the Lips at Night that Chew Your Ass Out Day Long» [Es difícil besar por la noche los labios que llevan todo el día recriminándote].

A veces, las parejas llegan a atisbar los diálogos demoniacos en los que están atrapados. Jim me dice que «sabe» que escuchará cómo ha decepcionado a Carol incluso antes de que ella hable, así que ha levantado un «muro» para protegerse del «fuego incendiario», pero el patrón se ha vuelto tan automático e irresistible que no lo pueden detener. Sin embargo, la mayoría de las parejas no son conscientes del patrón que se ha apoderado de su relación.

Enfadados y frustrados, se esfuerzan por encontrar una solución. Concluyen que su pareja es insensible o cruel. Vuelven la culpa hacia adentro, hacia sí mismos. «Quizá haya algo profundamente malo en mí», me dice Carol. «Es como solía decir mi madre, soy demasiado difícil para que me amen». Concluyen que nadie es confiable y que el amor es una mentira.

Para muchos psicólogos y consejeros, la idea de que estas espirales de exigencia-distancia tengan todo que ver con el pánico de apego sigue siendo revolucionaria. A la mayoría de los colegas que vienen a formarse conmigo les han enseñado a ver el conflicto y las luchas de poder de las parejas como los problemas más importantes de las relaciones. En consecuencia, se han centrado en enseñar a las parejas habilidades de negociación y comunicación para contener el conflicto. Pero es tratar los síntomas, no la enfermedad. Es decirle a personas atrapadas en un baile interminable de frustración y distancia que cambien el paso cuando lo que tienen que hacer es cambiar la música. «Deja de decirme lo que tengo que hacer», exige Jim. Carol lo considera durante un nanosegundo antes de replicar enfadada: «Si no te lo digo, ¡tú no haces nada y seguimos igual!».

Podemos salir con muchas técnicas para tratar diferentes aspectos de la aflicción de las parejas, pero hasta que comprendamos los principios que organizan las relaciones amorosas, realmente no podemos comprender los problemas del amor ni ofrecer a las parejas una ayuda duradera. El patrón exigencia-retirada no es solo un mal hábito, refleja una realidad subyacente más profunda: estas parejas se están muriendo de hambre emocionalmente. Están perdiendo su fuente de sustento emocional. Se sienten desvalidas. Y están desesperadas por volver a conseguir el alimento.

Hasta que tratemos la necesidad fundamental de conexión y el miedo de perderla, las técnicas habituales —como aprender habilidades de resolución de problemas y comunicación, indagar las heridas de la infancia o tomarse descansos— resultan desacertadas e ineficaces. Gottman ha demostrado que las parejas felices no se hablan de maneras más «hábiles» o «perspicaces» que las infelices. No siempre se escuchan con empatía ni comprenden cómo sus pasados han establecido expectativas problemáticas. Y en mi consulta, veo a parejas muy afligidas que se expresan con una facilidad sorprendente y muestran una comprensión exquisita de su propio comportamiento, pero que no pueden hablar de manera coherente con sus compañeros sentimentales cuando golpea el tsunami emocional. Mi clienta Sally me dice: «¿Sabe?, hablar se me da bastante bien. Tengo muchos amigos. Soy asertiva y buena oyente. Pero cuando entramos en esos terribles y largos silencios, intentar recordar nuestro fin de semana de entrenamiento para el matrimonio es como intentar leer el manual del paracaídas en plena caída libre».

Los remedios habituales no tratan el anhelo de una conexión emocional segura ni sus amenazas. No les dicen a las parejas cómo reconectar o permanecer conectadas. Las técnicas que les enseñan pueden interrumpir una pelea, pero con un coste terrible. A menudo acrecientan la distancia entre los miembros de la pareja, reforzando los miedos de ser rechazados y abandonados cuando lo que necesitan las parejas es reafirmar su vínculo.

Fuente:
Sue Johnson, Hold Me Tight: Seven Conversations for a Lifetime of Love, Little, Brown and Company, 2008, trad. Ben Carral. (Abrázame fuerte: siete conversaciones para un amor duradero, Urano, 2009.)