Abrázame fuerte


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Por Sue Johnson (doctora en Psicología; referente del Mindfulness Gijón)

Trad. Ben Carral

El amor exige el gesto tranquilizador del tacto. La mayoría de la peleas son en realidad protestas por la desconexión emocional. Bajo la aflicción, las parejas están desesperadas por saber: «¿Estás ahí para mí?».

Sue JohnsonCrecí en el pub de mis padres en Inglaterra, donde siempre había mucho drama. Todo el drama —peleas, ligoteo, lágrimas y rabietas— tenía que ver con el amor. También observé a mis padres destruir el amor que sentían el uno por el otro. Desde entonces siempre he tenido la misión de averiguar qué es el amor exactamente. Mi madre lo describía como «cinco minutos divertidos». También se le ha llamado una misteriosa mezcla de sentimiento y sexo. O una combinación de enamoramiento y compañía. Bueno, es más que eso.

Mis comprensiones personales, cosechadas de la investigación y de ofrecer terapia a más de mil parejas durante 35 años, se han fusionado con un creciente número de estudios científicos, hasta el punto de que ahora puedo decir con confianza que sabemos qué es el amor. Es algo intuitivo y sin embargo no necesariamente obvio: se trata de la continua búsqueda de una conexión básica y segura con otra persona. A través de este vínculo, las parejas enamoradas se vuelven emocionalmente dependientes el uno del otro para nutrirse, calmarse y protegerse.

Estamos diseñados para tener la necesidad de responsividad y de un contacto emocional seguro con otras personas significativas para nosotros. Es una respuesta de supervivencia, la fuerza motriz del vínculo de seguridad que un bebé busca con su madre. Esta observación se encuentra en la esencia de la teoría del apego. Existe mucha evidencia que indica que la necesidad de un apego seguro no desaparece nunca; se transforma en la necesidad adulta de un vínculo emocional seguro con una pareja. Piensa en el modo en que una madre mira amorosamente a su bebé; justo como se miran a los ojos dos personas que se aman.

Aunque nuestra cultura ha enmarcado la dependencia como algo malo, una debilidad, no lo es. Estar apegado a alguien nos proporciona nuestro mayor sentido de seguridad y protección. Significa depender de una pareja para que responda cuando la llames, saber que le importas, que te aprecia y que responderá a tus necesidades emocionales.

El principio más básico de la teoría del apego es que el aislamiento —no solo el aislamiento físico, sino también el emocional— traumatiza a los seres humanos. De hecho, el cerebro lo codifica como un peligro. Gloria Steinem dijo una vez que la mujer necesita al hombre como un pez necesita una bicicleta. Eso son tonterías.

El drama del amor que vi interpretarse cada noche en el bar cuando era niña tiene todo que ver con el anhelo humano de una conexión emocional segura, un imperativo de supervivencia que experimentamos desde la cuna hasta la tumba. Cuando nos sentimos seguramente enlazados con nuestra pareja, podemos tolerar las heridas que (inevitablemente) nos infligirá en el curso de la vida cotidiana.

Conexiones rotas

Empezamos nuestro camino intensamente responsivos y conectados con nuestras parejas. Pero nuestro nivel de disposición atenta tienda a disminuir con el tiempo. Entonces experimentamos momentos de desconexión, momentos en los que no expresamos nuestras necesidades con claridad. Él está disgustado y realmente quiere que le consuelen, pero ella le deja solo, pensando que quiere soledad. En una relación, estos momentos son en realidad ineludibles. Si vas a bailar con alguien, vais a pisaros el uno al otro de vez en cuando.

Sin embargo, perder la conexión con una persona amada pone en peligro nuestro sentido de seguridad. Experimentamos un sentimiento primario de pánico. Dispara una alarma en la amígdala del cerebro, nuestro centro del miedo, que hace que estemos muy alertas a toda clase de amenazas. Una vez que la amígdala dispara la alarma, no pensamos, actuamos. La amenaza puede venir del mundo exterior o de nuestro propio cosmos interior. Lo que cuenta es nuestra percepción, no la realidad. Si nos sentimos abandonados en un momento de necesidad, estamos programados para entrar en un estado de pánico.

Lo que hacemos después, tras estos momentos de desconexión, tiene un impacto enorme en la forma de nuestra relación. ¿Podéis acercaros y reconectar? Si no sois capaces, comenzaréis a entablar peleas que siguen una pauta clara. Las llamo diálogos demoniacos. Si cogen impulso, comienzan a tomar el control y a inducir un terrible sentido de soledad emocional. Vuestra relación se siente cada vez menos un lugar seguro, y empieza a fallar. Comienzas a dudar de que tu pareja esté ahí para ti, de que te valore. O de que ella te pondrá en primer lugar.

Considera a una pareja con su hijo primogénito. Tener un bebé es una experiencia estresante y privadora de sueño. Pero también es un momento en el que los miedos y las necesidades de  apego de las personas son particularmente fuertes. El hombre podría pensar algo como: «Sé que está mal, y sé que resulta patético, pero siento que he perdido a mi mujer por mi hijo». Y la mujer podría decir: «Me sentí muy frágil cuando tuve al bebé. Estaba cuidando de esta pequeña criatura, y yo misma necesitaba consuelo y cuidado extra, pero él estaba fuera trabajando todo el tiempo». Sus intenciones son buenas —ella cuidaba al bebé y él trabajaba duro para sustentar a su nueva familia—, pero fallan en darse el uno al otro lo que realmente necesitan.

O piensa en un hombre que lo está haciendo bien en su trabajo mientras que su mujer despunta en su nueva carrera profesional. Ella pasa muchas horas en proyectos excitantes mientras él se ve privado de afecto, atención y sexo. Todas las noches, acostado en la cama, esperándola, se siente como un tonto por necesitarla tanto; y también está enfadado porque ella no puede ver lo mucho que le afecta su ausencia.

Pero no hablamos de estos conflictos en términos de necesidades de apego profundamente enraizadas. Hablamos de las emociones superficiales, la ira o la indiferencia, y culpamos al otro. «Él está tan enfadado; me siento atacada», o: «Ella es tan fría. No creo que le importe en absoluto». Cada persona se retira a una esquina, haciendo cada vez más difícil para los dos expresar sus necesidades de apego fundamentales, impidiendo la capacidad de obtener tranquilidad el uno del otro.

Las mujeres son a menudo más sensibles que los hombres a las primeras señales de avería en la conexión, y a menudo su respuesta es comenzar lo que yo llamo un baile de desconexión. Casi de manera ritual, persiguen a su pareja en un intento inútil de obtener una respuesta de consuelo. Pero lo hacen de un modo que prácticamente garantiza que sus necesidades básicas no serán satisfechas; culpan a su pareja de fallar en algo esencial.

Por otra parte, a los hombres se les ha enseñado a suprimir sus respuestas y necesidades emocionales, lo que les inclina a retirarse del conflicto. Pero la ira de ella y la retirada de él enmascaran ambas lo que subyace bajo la superficie: una vulnerabilidad y necesidad de conexión subyacentes, que ahora se agravan por la tristeza, la vergüenza y, sobre todo, el miedo.

Con demasiada frecuencia, lo que las parejas no ven es que la mayoría de las peleas son en realidad protestas por la desconexión emocional. Bajo toda la aflicción, las parejas están desesperadas por saber: «¿Estás ahí para mí? ¿Me necesitas? ¿Confías en mí?».

Sigue en: Abrázame fuerte (2.ª parte)

Fuente:
Sue Johnson, «Hold Me Tight», en Psychologytoday.com, 1 de enero de 2010, última revisión: 1 de julio de 2014, visita: 30 de noviembre de 2014, trad. Ben Carral.