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6 razones por las que no deberíais «seguir siendo amigos»


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Por Andrea Bonoir (doctora en Psicología)

Trad. Ben Carral

Andrea BoniorProcede cuidadosamente o prepárate para sufrir más dolor de corazón

Es uno de los mayores clichés de todos los tiempos: «Quiero que sigamos siendo amigos».

Desde declaraciones de ruptura de celebridades, pasando por improvisados mensajes de texto a charlas delante de las taquillas del instituto, en nuestra cultura existe la idea de que las rupturas deberían ser dulces y agradables. Se asume a menudo que la mejor manera de terminar una relación romántica es embarcarse mágicamente en una amistad íntima y feliz; en la que todo el mundo está encantado, y las dos partes se provocan sonriendo sobre los hábitos de él de jugar a videojuegos o la afición de ella por los broches vintage.

Pero ¿esta fantasía funciona alguna vez, y es siquiera inteligente intentarlo? ¿Realmente puedes ser amigo de alguien con el que has salido, aunque te conozca mejor que nadie? ¿Algún gran romance (o incluso normal) se ha transformado tranquilamente en una gran amistad alguna vez?

Muchas veces, la respuesta es no. Algunas veces, por supuesto, puede ocurrir; con el tiempo. Pero se deben cumplir ciertas condiciones. Aquí presento seis señales que deberían decirte que «Seamos solo amigos» puede que no sea tu mejor opción.

1. Uno de vosotros realmente quiere la amistad, mientras que el otro simplemente la utiliza como palabra de moda para referirse a la ruptura y no tiene ningún interés real en ser amigos. Cuando esto ocurre, el dolor de la ruptura se prolonga hasta la saciedad. Mientras tú te convences de que él o ella realmente quiere que seáis amigos, tu ex se convence de que se puede escabullir si lo intenta con la fuerza suficiente. Este patrón de apartar y atraer es a menudo peor que la propia ruptura, y puede durar semanas o incluso meses. Simplemente di no.

2. Nunca tuvisteis la base para una amistad. Las relaciones románticas que se acaban porque apenas teníais nada en común salvo la atracción, o porque nunca fuisteis capaces de comunicaros abiertamente sin gritaros, no es probable que se conviertan en relaciones estelares cuando se elimina el sexo. No te engañes: ¿Había una verdadera amistad que realmente merezca la pena salvar? ¿O es solo una quimera que realmente quisierais pasar tiempo juntos si no hubiera sexo de por medio? (¿Buscáis una amistad que conserve el sexo, pero sin ningún compromiso cuando antes estabais comprometidos? Escribidme si sale bien; seríais los primeros.)

3. Hay una ausencia de respeto mutuo. Quizá vuestra relación nunca fue particularmente respetuosa, o quizá durante el decimoséptimo combate de gritos o durante el silencio evasivo en el periodo de ruptura, el respeto que una vez tuvisteis se erosionó finalmente. Sea lo que fuere, ¿cómo vais a reconstruir mágicamente, o incluso fingir, ese respeto durante una amistad platónica? ¿Y por qué ibais a querer hacerlo?

4. Hubo un abuso emocional o de otro tipo durante la relación. El criterio más básico para embarcarse en cualquier amistad, incluso con el romance y el sexo completamente fuera de la ecuación, es la capacidad para confiar en que no os dañaréis el uno al otro de manera deliberada. Cuando has tenido una relación romántica abusiva, no puedes creer razonablemente que en realidad la persona comenzará a tratarte bien cuando seáis «solo amigos». De hecho, podría ser una situación muy peligrosa, pues el abusador utiliza la amistad para mantener su control o maltrato continuado. Si necesitas ayuda para aguantarlo, incluso si has tomado la decisión de irte, deberías considerar seriamente buscar apoyo profesional.

5. Uno de vosotros, o los dos, se volvería extremadamente celoso o posesivo si el otro comenzara a ver a una persona distinta. Por esto es en realidad que las amistades saludables son tan difíciles por lo general después de una ruptura, al menos durante unos cuantos meses. ¿Honestamente estarías bien con el chico que pensabas que era «el elegido» hablando excitadamente sobre una nueva y asombrosa interna llamada Emily? ¿Por qué hacerte pasar por ello? A la inversa, ¿te resultaría cómodo ser tú la que tenga que esconder una nueva relación que está empezando a volverse seria? Quizá podría suceder con el tiempo, pero probablemente no ahora mismo. Lo que nos lleva a…

6. No le habéis dado a vuestra relación romántica el tiempo y el espacio suficientes para morir de manera natural. Incluso aunque tengáis el sentimiento de que podríais ser amigos para toda la vida (quizá ese fue el motivo y terminasteis el romance porque sabíais que la amistad era mucho mejor), seguís necesitando un poco de tiempo y espacio para recuperar todo vuestro yo, de manera independiente. De otro modo, vuestra amistad será demasiado reactiva y se verá empañada por las sombras de vuestro romance fallido. Las distintas emociones que corren por el cuerpo durante las primeras semanas después de una ruptura no son la plataforma más estable sobre la que construir una amistad. Antes de poder decidir si una conexión platónica es lo adecuado para ti, debes regresar a quien eras como individuo, en vez de como la mitad de una pareja.

Fuente:
Andrea Bonior, «6 Reasons You Shouldn’t ‘Still Be Friends’», en Psychologytoday.com, 24 de marzo de 2014, visita: 1 de febrero de 2015, trad. Ben Carral.

¿Qué es la emoción?


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Por Sue Johnson (doctora en Psicología; referente del Mindfulness Gijón)

Trad. Ben Carral

Sue JohnsonDesconfiar en la emoción ha sido un sello distintivo de la sociedad occidental desde hace mucho. Como mínimo se remonta a los días de los antiguos griegos, cuando los filósofos estoicos argumentaban que las pasiones eran destructivas, incluido el amor, y que tenían que ser contenidas por el intelecto y la moral. A lo largo de los años, la emoción se ha visto principalmente como un atributo de nuestra naturaleza animal base, primitiva y sensorial. Después de todo, sentimos la emoción; es una fuerza visceral. La razón, en contraste, eliminada del cuerpo y residente «en la cabeza», se ha visto como evolutivamente superior, un reflejo de nuestro yo espiritual más elevado. Debemos elevarnos por encima de la emoción si queremos ser una sociedad verdaderamente civilizada. La crítica social Marya Mannes [(1904-1990)] lo expresó sucintamente: «El signo de un pueblo inteligente es su capacidad para controlar las emociones mediante el uso de la razón».

El caso contra la razón parece provenir de dos factores: su poder imparable (ciertamente nos puede sorprender en menos de un segundo) y su aparente aleatoriedad y falta de lógica. La investigación ofrece ahora una visión muy diferente. En realidad, la emoción es el sistema exquisitamente eficiente de la naturaleza para procesar la información y señalizar, diseñado para reorganizar rápidamente el comportamiento en el interés de la supervivencia.

La emoción nos informa de que está ocurriendo algo vital para nuestro bienestar. Somos bombardeados por cientos de miles de estímulos cada segundo de cada día. La emoción ordena el aluvión automática y reflejamente, seleccionando lo que importa y dirigiéndonos a la acción adecuada. Nuestros sentimientos nos guían en asuntos grandes y pequeños; nos dicen lo que queremos, cuáles son nuestras preferencias y lo que necesitamos. Escogemos helado de pistacho en vez de vainilla porque tenemos un mejor sentimiento hacia él. La investigación con personas que han sufrido daños cerebrales demuestra que sin la emoción para guiarnos, no tenemos brújula. Nos vemos privados de dirección y no tenemos nada que nos mueva hacia una opción en vez de hacia otra. Nos atascamos considerando todas las posibilidades.

La emoción es el motivador más fuerte. Lo queramos o no, llega y nos estimula a actuar, incluso nos obliga. La palabra emoción deriva del latín movere, que significa «mover hacia fuera». Vemos su poder con más claridad cuando sentimos que nos encontramos en peligro físico. Si nos embiste un perro rabioso o un rinoceronte descontrolado, sentimos miedo y nos largamos en dirección contraria. Charles Darwin [(1809-1882)], el primer científico en señalar el valor de la emoción para la supervivencia, visitaba frecuentemente el zoo de Londres para pararse delante del terrario de la víbora. Sabía que mirar a la serpiente a los ojos haría que atacase. También sabía, en cuanto ser racional, que se encontraba perfectamente seguro, pues la víbora estaba detrás del cristal. Darwin miraba fijamente, determinado a no moverse, pero sin importar las veces que se probase a sí mismo, siempre retrocedía cuando el reptil atacaba.

La emoción nos puede incitar a actuar incluso cuando la supervivencia no parece ser un asunto urgente. Durante el 11-S, una mujer llamada Julie estaba trabajando en la Torre Sur del World Trade Center cuando el primer avión alcanzó la Torre Norte. Por los altavoces les dieron instrucciones, a sus colegas y a ella, de que se quedaran en sus oficinas de la planta número ochenta. Pero abrumada de miedo, se puso a bajar las escaleras. Había llegado a la planta sesenta y uno cuando el segundo avión alcanzó su edificio. Ella consiguió llegar a casa. Por supuesto, la emoción no es un sistema de alarma infalible, como demuestra la experiencia de Darwin. Julie podría haber realizado el cálido y ansioso descenso de ochenta plantas para nada. Pero en la supervivencia, los falsos positivos son siempre más valiosos que los falsos negativos. Te irá mejor prestando atención a una emoción de advertencia que ignorándola. Como señaló George Santayana [(1863-1952)], a menudo es «sabiduría creer al corazón».

La emoción también es la gran comunicadora. Da vueltas en nuestros cuerpos y sale hacia fuera, lo queramos o no, como señales para los demás. Estimula nuestro propio comportamiento y transmite a los demás nuestras necesidades más profundas, lo mismo que a nosotros las de ellos. En este aspecto, resulta vital para nuestras relaciones amorosas. Nuestra pareja es central para nuestro sentido de seguridad. ¿Cómo nos puede cobijar, ser nuestro refugio seguro, si no sabe de qué tenemos miedo y qué anhelamos profundamente? La emoción es la música del baile entre las personas que se aman; nos dice dónde poner los pies, y le dice a nuestra pareja dónde poner los suyos.

Difundimos la emoción principalmente a través de nuestras expresiones faciales y tono de voz, y recogemos y comprendemos esas señales instantáneamente. Solo hacen falta 100 milésimas de segundo para que nuestro cerebro registre la mínima alteración en la cara de otra persona y solo 300 milésimas más para sentir en nuestro propio cuerpo lo que vemos en esa cara: para reflejar el cambio que vemos. La emoción es contagiosa; literalmente «agarramos» los sentimientos de los demás y sentimos lo que la otra persona está sintiendo, y esta es la base de la empatía.

Fuente:
Sue Johnson, Love Sense: The Revolutionary New Science of Romantic Relationships [Sentido del amor: la nueva ciencia revolucionaria de las relaciones románticas], Little, Brown and Company, 2013, trad. Ben Carral.