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Prejuicios en la adivinación del pensamiento entre los sexos


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Por Elena Gaviria Stewart (doctora en Psicología) y M.ª del Prado Silván Ferrero (doctora en Psicología)

¿Pueden los sesgos ser adaptativos?

Martie HaseltonSi nuestra mente es tan imperfecta como para hacernos cometer tantos errores, ¿cómo hemos podido llegar hasta aquí sin morir en el intento? La respuesta quizá esté en la distinción entre perfección y eficacia.

La perspectiva evolucionista parte de la premisa de que, dado que somos una especie eminentemente social, necesitamos que nuestros juicios interpersonales sean lo suficientemente válidos como para habernos permitido sobrevivir y reproducirnos desde los tiempos de nuestros ancestros. Esta forma de entender la cognición social coincide plenamente con la que se adopta en este capítulo, y se diferencia de la perspectiva mantenida hasta hace poco por la Psicología Social, más interesada en detectar y analizar los sesgos y errores que plagan nuestra «defectuosa» mente. Los evolucionistas consideran que la existencia de esos errores y sesgos no se debe a defectos de diseño: no es de esperar que miles de años de evolución social solo produzcan un aparato psicológico propenso a una mala percepción social, a errores de juicio y a una conducta interpersonal inadaptada. Pero tampoco es necesario que nuestra mente haya sido diseñada por la evolución para perseguir ciegamente la lógica y alcanzar la verdad, sino para ayudarnos a actuar de forma coordinada con los demás y asegurar así nuestra supervivencia y la propagación de nuestros genes.

Por tanto, puede haber otras causas para explicar la existencia de los sesgos cognitivos investigados por los psicólogos sociales. En algunos casos, pueden deberse a las características de los estudios experimentales que exponen a los participantes a situaciones muy poco naturales y a tareas muy poco relevantes para ellos, además de emplear lo que se conoce como el «paradigma del error», que hace muy fácil detectar los errores pero casi imposible detectar los juicios acertados.

Otra causa, ampliamente desarrollada en este capítulo, es el empleo de heurísticos, es decir, atajos mentales o soluciones rápidas a problemas que se nos plantean cuando tenemos limitaciones de tiempo, de información o de capacidad para procesarla. Aunque a veces dan lugar a decisiones o juicios erróneos, lo cierto es que la mayoría de las veces funcionan. Si no fuera así, no serían adaptativos y no habrían persistido como característica de la cognición humana.

Pero también a veces los sesgos son útiles porque nos impiden incurrir en errores más graves. Es decir, la selección natural habría favorecido un sesgo hacia los errores menos costosos en cada situación. Esto es lo que propone la «teoría del manejo del error», formulada por [Martie] Haselton [doctora en Psicología] y [David] Buss [doctor en Psicología] (2000, 2003; Haselton y Nettle, 2006): siempre que los costes de diferentes errores en un determinado ámbito hayan sido asimétricos de forma constante a lo largo de la historia evolutiva de nuestra especie, habrán evolucionado adaptaciones para formar juicios o tomar decisiones que sesguen las inferencias hacia el error menos costoso. Por ejemplo, imaginemos que tenemos que estimar el tiempo que tardará un objeto que se aproxima a nosotros en hacer impacto. Podemos cometer dos tipos de errores: sobreestimación o subestimación. Es fácil entender cuál de los dos errores sería más costoso en caso de que el objeto fuera real y, además, pesado. Pues bien, este sesgo hacia la subestimación ha sido confirmado en las investigaciones sobre percepción auditiva y, por otra parte, solo se produce cuando el sonido se aproxima, no cuando se aleja (Neuhoff, 2001).

Para ilustrar su teoría, Haselton y Buss (2000) recurren a dos ejemplos relacionados con la comunicación en situaciones de cortejo. El primero es el sesgo que presentan los hombres en interacciones breves con miembros del otro sexo. Este sesgo, descubierto por Abbey (1982), hace que los hombres sobreestimen el interés sexual de las mujeres en esos encuentros. Según Haselton y Buss, el subestimar ese interés podría llevar a los hombre a perder oportunidades, y ese error sería más costoso en términos reproductivos (al menos, lo habría sido para nuestros ancestros) que el de hacerse falsas ilusiones y perder algo de tiempo y esfuerzo en un cortejo inútil. En cambio, las mujeres no muestran ese sesgo (ellas no ganan nada con exagerar el interés sexual de los hombres), sino otro complementario: infravaloran el interés mostrado por los hombres en formar relaciones duraderas. Ese escepticismo supone un posible error que habría sido mucho menos costoso para nuestras antepasadas que fiarse ciegamente de cualquier promesa y arriesgarse a ser abandonadas y a perder su descendencia.

Esta forma de analizar los sesgos aporta una explicación sobre su ubicuidad y su orientación sistemática en una dirección determinada y, como ocurre con todas las propuestas planteadas desde un enfoque evolucionista, se fija más en la utilidad que en la corrección lógica. El mismo término «error» implica una desviación de un juicio que debería ser correcto, como si lo esperable fuera que no cometiéramos ninguna equivocación. Según los psicólogos sociales evolucionistas, este planteamiento no contribuye mucho a entender por qué la mente humana funciona como lo hace. En el fondo, el ser humano ha llegado hasta aquí por ser «eficaz», no por ser «perfecto».

Fuente:
Elena Galviria Stewart y M.ª del Prado Silván Ferrero, «Cognición social», en Introducción a la Psicología Social, 2.ª ed., Sanz y Torres, 2013.

El amor no lo inventaron los poetas


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Por David Buss (doctor en Psicología)

Trad. Ben Carral

David BussHombres y mujeres siempre han dependido mutuamente para la supervivencia y la reproducción. Al contrario de lo que afirma la creencia popular de nuestro tiempo, el amor no lo inventaron los poetas europeos hace unos siglos. El amor es una emoción humana universal que ocurre en sociedades que van desde los !kung de Botsuana a los aché del Paraguay. En mi estudio de 10.041 individuos de 37 culturas diferentes, los hombres y las mujeres puntuaron el amor como la cualidad única más importante para escoger cónyuge. A lo largo del mundo, las personas cantan canciones de amor y añoran amores perdidos. Se escapan en secreto para casarse con sus seres amados en contra de los deseos de los padres. Relatan historias personales de angustia, nostalgia y amor no correspondido. Y narran grandes historias de amor con enredos románticos a través de las generaciones. El escritor alemán Herman Hesse [1877-1962] lo resumió de la mejor manera: La vida es «la lucha por la posición social y la búsqueda del amor». El amor es la emoción humana universal que vincula a los sexos, el lugar de encuentro evolutivo donde hombres y mujeres deponen las armas.

Fuente:
David M. Buss, The Dangerous Passion: Why Jealousy Is as Necessary as Love and Sex [La pasión peligrosa: por qué los celos son tan necesarios como el amor y el sexo], Free Press, 2000, trad. Ben Carral.

Somos una historia de éxito evolutivo


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Por David Buss (doctor en Psicología)

Trad. Ben Carral

David BussTodo ser humano es una historia de éxito evolutivo. Si cualquiera de nuestros antepasados hubiese fracasado en sobrevivir a un periodo glacial, a una sequía, a un predador o a una plaga, no serían nuestros antepasados. Si cualquiera hubiese fracasado en cooperar con al menos algunos otros del grupo o hubiera caído por debajo de una posición mínima en la jerarquía social, habrían encontrado una muerte segura al ser expulsados del grupo. Si incluso uno hubiese fracasado en escoger, cortejar y mantener una pareja [énfasis añadido], la anteriormente intacta cadena de descendencia se habría roto de manera irreparable, y no estaríamos vivos para contar la historia. Cada uno de nosotros debe su existencia a miles de generaciones de antepasados exitosos.

Fuente:
David M. Buss, The Dangerous Passion: Why Jealousy Is as Necessary as Love and Sex [La pasión peligrosa: por qué los celos son tan necesarios como el amor y el sexo], Free Press, 2000, trad. Ben Carral.