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Se ha descubierto la causa probable de la adicción, y no es la que piensas


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Por Johann Hari (escritor y periodista)

Trad. Ben Carral

Johann HariHan pasado 100 años desde que se prohibieron las drogas por primera vez, y durante todo este siglo de hacerle la guerra a las drogas, nuestros profesores y gobiernos nos han contado una historia acerca de la adicción. Esta historia se encuentra tan arraigada en nuestras mentes que la damos por sentada. Parece obvia. Parece manifiestamente cierta. Yo también la creía hasta que, hace tres años y medio, empecé un viaje de 48.000 kilómetros para mi nuevo libro: Chasing The Scream: The First and Last Days of the War on Drugs [Persiguiendo el grito: los primeros y últimos días de la guerra contra las drogas], para averiguar qué hay realmente detrás de la guerra contra las drogas. Pero lo que aprendí en el camino es que casi todo lo que nos han contado acerca de la adicción es erróneo, y nos espera una historia muy diferente si estamos listos para escucharla.

En el caso de que absorbamos realmente esta nueva historia, tendremos que cambiar mucho más que la guerra contra las drogas. Nos tendremos que cambiar a nosotros mismos.

Lo aprendí de una extraordinaria mezcla de personas con las que me encontré en mis viajes. Desde amigos aún vivos de Billie Holiday [(1915-1959)], que me ayudaron a conocer cómo el fundador de la guerra contra las drogas la persiguió y ayudó a matarla. Pasando por un doctor judío que escapó de niño del gueto de Budapest para descubrir de mayor los secretos de la adicción. A un traficante de crack transexual de Brooklyn que fue engendrado cuando su madre, una adicta al crack, fue violada por su padre, un agente de la policía de Nueva York. Y un hombre al que una dictadura torturadora recluyó durante dos años en el fondo de un pozo para terminar siendo elegido presidente de Uruguay y empezar los últimos días de la guerra contra las drogas.

Tenía una razón muy personal para salir en busca de estas respuestas. Uno de mis primeros recuerdos de niño es intentar despertar a uno de mis parientes, y no ser capaz de hacerlo. Desde entonces le he estado dando vueltas al misterio esencial de la adicción: ¿Qué hace que algunas personas se obsesionen tanto con una droga o un comportamiento que terminen siendo incapaces de dejarlo? ¿Cómo podemos ayudar a que estas personas vuelvan con nosotros? Mientras crecía, otro de mis parientes cercanos desarrolló una adicción a la cocaína, y tuve una relación con un adicto a la heroína. Supongo que la adicción me resulta muy familiar.

Si me hubieras preguntado al principio qué causa la adicción, te habría mirado como si fueses idiota y te habría dicho: «Las drogas; obvio». No es difícil de entender. Pensaba que lo había visto en mi propia vida. Todos lo podemos explicar. Imagina que tú, yo y las próximas 20 personas que pasen a nuestro lado por la calle tomemos una droga realmente potente durante 20 días. Esta droga contiene fuertes ganchos químicos, por lo que si dejáramos de tomarla el día 21, nuestros cuerpos necesitarían la sustancia química. Tendríamos un anhelo feroz. Seríamos adictos. Eso es lo que significa la adicción.

Una de las maneras en que esta teoría se estableció por primera vez fue a través de experimentos con ratas, inyectados en la mente estadounidense en la década de 1980, en un famoso anuncio de la Partnership for a Drug-Free America [Asociación por un Estados Unidos Libre de Drogas]. Puede que lo recuerdes. El experimento es sencillo. Pones a una rata en una jaula, sola, con dos botellas de agua. Una es solo agua. La otra es agua con un poco de heroína o cocaína. Casi siempre que realizas el experimento, la rata se obsesiona con el agua con droga y sigue volviendo a por más y más, hasta que se mata.

El anuncio explica: «Solo una droga es tan adictiva, nueve de cada diez ratas de laboratorio la consumen. Y la consumen. Y la consumen. Hasta que mueren. Se llama cocaína. Y te puede hacer lo mismo a ti».

Pero en la década de 1970, un profesor de Psicología de Vancouver llamado Bruce Alexander se dio cuenta de algo extraño acerca del experimento. A la rata se le pone en una jaula totalmente sola. No tiene nada más que hacer que tomar la droga. ¿Qué pasaría, se preguntó, si lo probáramos de manera diferente? Así que el profesor Alexander construyó Rata Park. Es una jaula lujosa donde las ratas tienen pelotas de colores, la mejor comida para ratas, túneles para lanzarse y un montón de amigos; todo lo que una rata podría desear. Alexander quería saber qué pasaría.

Obviamente, en Rata Park, todas las ratas probaron las dos botellas de agua, porque no sabían qué había en ellas. Pero lo que sucedió después fue asombroso.

A las ratas con buenas vidas no les gustó el agua con droga. En su mayor parte la rechazaron, consumiendo menos de un cuarto de las drogas que habían consumido las ratas aisladas. No murió ninguna de ellas. Mientras que todas las ratas que estaban solas e infelices se volvieron consumidoras fuertes, no sucedió lo mismo con ninguna de las ratas que tenían un entorno feliz.

Al principio pensé que se trataba meramente de un rasgo de las ratas, hasta que descubrí que se estaba llevando a cabo (al mismo tiempo que el experimento de Rata Park) un útil equivalente humano. Se llamó la guerra de Vietnam. La revista Time informó que entre los soldados estadounidenses la heroína era «tan común como el chicle», y existe una evidencia sólida para respaldarlo: entorno al 20% de los soldados estadounidenses se volvió allí adicto a la heroína, según un estudio publicado en Archives of General Psychiatry [Archivos de Psiquiatría General]. Comprensiblemente, muchas personas se aterrorizaron; creían que un enorme número de adictos iba a volver a casa cuando terminase la guerra.

Pero de hecho, según el mismo estudio, entorno al 95% de los soldados adictos simplemente lo dejaron. Muy pocos fueron a rehabilitación. Cambiaron de una jaula terrorífica a otra agradable, así que dejaron de querer las drogas.

El profesor Alexander argumenta que este descubrimiento es un profundo reto tanto para la visión de derechas de que la adicción es un fallo moral provocado por demasiada fiesta hedonista, como para la visión progresista de que la adicción es una enfermedad que sucede en un cerebro secuestrado químicamente. Argumenta, de hecho, que la adicción es una adaptación. No eres tú. Es tu jaula.

Después de la primera fase de Rata Park, el profesor Alexander llevo la prueba más allá. Volvió a repetir los experimentos tempranos, en los que se dejaba solas a las ratas y se convertían en consumidoras compulsivas de la droga. Les dejó tomarla durante 57 días; si algo te puede enganchar, es eso. Entonces las sacó del aislamiento y las puso en Rata Park. Quería saber si cuando caes en ese estado de adicción, tu cerebro se encuentra tan secuestrado que no te puedes recuperar. ¿Las drogas se apoderan de ti? Lo que sucedió es impresionante, de nuevo. Las ratas parecieron tener algunos tics de abstinencia, pero pronto detuvieron su consumo elevado y volvieron a tener una vida normal. Les salvó la jaula buena. (Las referencias completas a todos los estudios que estoy discutiendo se encuentran en el libro.)

Cuando descubrí esto por primera vez, me quedé perplejo. ¿Cómo puede ser? Esta nueva teoría es un asalto tan radical a lo que nos han contado que parece que no puede ser cierta. Pero cuantos más científicos entrevisté, y cuanto más consideré sus estudios, más cosas descubrí que no parecían tener sentido: a no ser que tengas en cuenta esta nueva aproximación.

Aquí va un ejemplo de un experimento que está sucediendo a tu alrededor, y que bien te podría suceder algún día. Si te atropellan hoy y te rompes la cadera, probablemente te den diamorfina, el nombre médico de la heroína. A tu alrededor, en el hospital, habrá muchas personas a las que también se les da heroína durante largos periodos para aliviar el dolor. La heroína que recibirás del médico será más pura y potente que la heroína utilizada por los adictos callejeros, que se la tienen que comprar a criminales que la adulteran. Así que si la vieja teoría de la adicción fuera cierta (la provocan las drogas y hacen que tu cuerpo las necesite), resulta obvio lo que sucedería. Montones de personas abandonarían el hospital e intentarían conseguir caballo en las calles para satisfacer su hábito.

Pero lo extraño es que casi nunca sucede. Como el doctor canadiense Gabor Mate me explicó por primera vez, los consumidores médicos simplemente lo dejan, a pesar de meses de consumo. La misma droga, utilizada durante el mismo periodo de tiempo, convierte a los consumidores callejeros en adictos y no afecta a los pacientes médicos.

Si sigues creyendo (como yo solía hacer) que la adicción es provocada por ganchos químicos, no tiene sentido. Pero si crees la teoría de Bruce Alexander, las piezas encajan. El adicto callejero es como las ratas en la primera jaula, aislado, solo, con una única fuente de consuelo a la que recurrir. El paciente médico es como las ratas de la segunda jaula. Se va a casa donde le espera una vida rodeado de personas que le aman. La droga es la misma, pero el entorno es diferente.

Esto nos ofrece una comprensión que va mucho más allá de la necesidad de comprender a los adictos. El profesor Peter Cohen argumenta que los seres humanos tenemos una necesidad profunda de vincularnos y crear conexiones. Así obtenemos nuestra satisfacción. Si no podemos conectar con otros, conectaremos con cualquier cosa que encontremos: el sonido de una ruleta girando o el pinchazo de una jeringuilla. Dice que deberíamos dejar totalmente de hablar de «adicción» y pasar a llamarla vinculación. Un adicto a la heroína se ha vinculado con ella porque no pudo vincularse tan plenamente con nada más.

Así que lo opuesto a la adicción no es la sobriedad. Es la conexión humana.

Cuando descubrí todo esto, encontré que poco a poco me fue persuadiendo, pero seguía sin poder sacudirme una molesta duda. ¿Estos científicos están diciendo que los ganchos químicos no suponen una diferencia? Me explicaron: Te puedes convertir en adicto al juego, y nadie creerá que te inyectas un mazo de cartas en las venas. Puedes tener toda la adicción y ningún gancho químico. Acudí a un encuentro de Jugadores Anónimos en Las Vegas (con el permiso de todos los presentes, que sabían que estaba allí para observar) y eran evidentemente tan adictos como los adictos a la cocaína y a la heroína que he conocido en mi vida. Sin embargo, no hay ganchos químicos en una mesa de dados.

Pero aun así, me pregunté, las sustancias químicas seguramente juegan un papel, ¿verdad? Resulta que existe un experimento que nos da la respuesta en términos muy precisos; lo descubrí en el libro de Richard DeGrandpre The Cult of Pharmacology [El culto de la farmacología].

Todo el mundo está de acuerdo en que fumar cigarrillos es uno de los procesos más adictivos. Los ganchos químicos del tabaco vienen de una droga en su interior llamada nicotina. Así que cuando se desarrollaron los parches de nicotina a principios de la década de 1990, hubo una gran ola de optimismo: Los fumadores de cigarrillos podrían tener todos sus ganchos químicos sin el resto de efectos sucios (y mortales) de fumar cigarrillos. Serían libres.

Pero la Dirección General de Salud Pública ha descubierto que solo el 17,7% de los fumadores de cigarrillos son capaces de dejarlo utilizando parches de nicotina. Es algo. Como esto demuestra, si las sustancias químicas están detrás del 17,7% de la adicción, siguen siendo millones de vidas arruinadas globalmente. Pero lo que revela una vez más es que la historia que nos han enseñado: que la causa de la adicción son los ganchos químicos, es cierta, sí, pero solo una pequeña parte de una situación mucho más grande.

Esto tiene enormes implicaciones para la centenaria guerra contra las drogas. Esta guerra masiva (que, como he visto, mata a personas desde las plazas de México a las calles de Liverpool) se basa en la afirmación de que necesitamos erradicar físicamente todo un conjunto de sustancias químicas porque secuestran los cerebros de las personas y causan adicción. Pero si las drogas no controlan la adicción (si, de hecho, es la desconexión la que controla la adicción), entonces no tiene sentido.

Irónicamente, la guerra contra las drogas en realidad incrementa todos esos controladores más importantes de la adicción. Por ejemplo, fui a una cárcel de Arizona (Tent City) donde los prisioneros son recluidos durante semanas en pequeñas jaulas de aislamiento de piedra («el agujero») para castigarles por consumir drogas. Es la recreación humana más parecida que puedo imaginar a las jaulas que garantizaban una adicción mortal en las ratas. Y cuando estos reclusos salgan de prisión, no conseguirán trabajo debido a su registro criminal, garantizando que se les aislará más todavía. Observé cómo sucedía esto en las historias humanas que encontré alrededor del mundo.

Existe una alternativa. Puedes construir un sistema diseñado para ayudar a los drogadictos a reconectar con el mundo, y de este modo dejar atrás la adicción.

No es algo teórico. Está sucediendo. Lo he visto. Hace casi 15 años, Portugal tuvo uno de los peores problemas de Europa con las drogas, con el 1% de la población adicta a la heroína. Habían intentado una guerra contra las drogas, y el problema solo seguía empeorando. Así que decidieron hacer algo radicalmente distinto. Resolvieron despenalizar todas las drogas, transferir todo el dinero que solían gastar en arrestar y encarcelar a los drogadictos para, en vez de ello, emplearlo en reconectarles: con sus propios sentimientos y con la sociedad en general. El paso más importante es conseguirles un alojamiento seguro y trabajos subvencionados para que tengan un propósito en la vida y algo por lo que salir de la cama. Observé mientras se le ayudaba, en clínicas cálidas y acogedoras, a aprender a reconectar con sus sentimientos, tras años de trauma y de acallarlos con drogas.

Un ejemplo que conocí fue el de un grupo de adictos al que se le concedió un préstamo para montar una empresa de mudanzas. De repente fueron un grupo, todos vinculados unos con otros, y con la sociedad, y mutuamente responsables de su cuidado.

Ahora se conocen los resultados de todo esto. Un estudio independiente del British Journal of Criminology [Revista británica de criminología] descubrió que, desde la despenalización total, la adicción ha caído y que el consumo de droga inyectada ha disminuido el 50%. Lo repetiré: El consumo de droga inyectada ha disminuido el 50%. La despenalización ha sido un éxito tan manifiesto que muy pocas personas en Portugal quieren regresar el viejo sistema. Allá en el año 2000, el principal activista contra la despenalización fue Joao Figueira, el policía jefe de narcóticos del país. Ofreció toda clase de advertencias terribles que esperaríamos del Daily Mail o de Fox News. Pero cuando nos sentamos juntos en Lisboa, me dijo que no había sucedido nada de lo que había predicho, y ahora espera que todo el mundo siga el ejemplo de Portugal.

No solo es relevante para los adictos a los que amo. Es relevante para todos nosotros, porque nos obliga a pensar diferente sobre nosotros mismos. Los seres humanos somos animales que crean vínculos. Necesitamos conectar y amar. La frase más sabia del siglo XX fue la de E. M. Forster [(1879-1970)]: «simplemente conecta». Pero hemos creado un entorno y una cultura que nos impide conectar, o que solo brinda la parodia de conexión ofrecida por internet. El aumento de la adicción es un síntoma de una enfermedad más profunda en nuestro modo de vida: dirigiendo constantemente la mirada hacia el siguiente objeto brillante que deberíamos comprar, en vez de hacia los seres humanos que nos rodean.

El escritor George Monbiot lo ha llamado «la era de la soledad». Hemos creado sociedades humanas donde a las personas les resulta más fácil que nunca aislarse de toda conexión humana. Bruce Alexander (el creador de Rata Park) me dijo que, desde hace mucho, hemos hablado exclusivamente de la recuperación individual de la adicción. Ahora necesitamos hablar de la recuperación social: de cómo no recuperamos todos, juntos, de la enfermedad de aislamiento que se está metiendo en nosotros como una niebla espesa.

Pero esta nueva evidencia no solo supone un reto político para nosotros. No solo nos obliga a cambiar nuestras mentes. Nos obliga a cambiar nuestros corazones.

Amar a un adicto es realmente duro. Cuando miraba a los adictos a los que amo, siempre fue tentador seguir el consejo de amor duro ofrecido por realities como Intervention [Intervención]: dile a los adictos que espabilen o corta con ellos. El mensaje es que se debe rechazar a un adicto que no lo deje. Es la lógica de la guerra contra las drogas importada a nuestras vidas privadas. Pero aprendí que, de hecho, eso solo conseguiría profundizar su adicción: y les podrías perder del todo. Volví a casa determinado a vincularme más fuerte que nunca con los adictos de mi vida, para hacerles saber que les amo incondicionalmente, tanto si lo dejan como si no pueden.

Cuando regresé de mi largo viaje, miré a mi ex novio, temblando en mi cama de invitados con el síndrome de abstinencia, y pensé sobre él de manera diferente. Desde hace un siglo hemos estado cantando canciones de guerra sobre los adictos. Mientras le limpiaba la frente, se me ocurrió que deberíamos haberles cantado canciones de amor desde el principio.

Fuente:
Johann Hari, «The Likely Cause of Addiction Has Been Discovered, and It Is Not What You Think», en Huffingtonpost.com, 20 de enero de 2015, revision: 23 de enero de 2015, visita: 31 de enero de 2015, trad. Ben Carral.

¿Qué significa en realidad estar en el momento presente?


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Por John Amodeo (doctor en Psicología; miembro del Consejo Asesor de Mindfulness Gijón)

Trad. Ben Carral

John AmodeoEstos días a menudo escuchamos pregonar la importancia de estar en el momento presente. Se nos dice que ahora es todo lo que existe y que si no estamos en el aquí y ahora, no estamos viviendo realmente.

Tiene mucho sentido para mí. A menudo me encuentro distraído por pensamientos acerca del futuro. O repito en la mente experiencias pasadas, con frecuencia de manera improductiva.

Estar en el momento nos libera para experimentar la vida más plenamente, lo que es buena cosa. Pero ¿este edicto podría tener un lado sombrío? Como cualquier regla o declaración, tiene sus limites y se presta a ser malentendido.

El pensamiento discursivo (darle vueltas sin parar a nuestros pensamientos) no nos lleva lejos. A veces nos perdemos desordenadamente de un pensamiento a otro; la cadena de asociaciones puede hacer que nuestras ruedas sigan girando sin ganar tracción.

Los pensamientos autocríticos también son una manera habitual de extraviarse del momento presente. Puede que estemos funcionando a partir de creencias básicas como que no somos lo bastante buenos, lo bastante listos o lo bastante atractivos. Puede que nos demos cuenta de una conversación interior como: «¿Cuál es mi problema?», «Ese comentario fue estúpido» o «¿Cuándo encontraré por fin una buena relación?».

Las prácticas de meditación y mindfulness (atención plena) pueden ofrecen instrucciones para darse cuenta simplemente de nuestros pensamientos. La práctica de anotar mentalmente, quizá diciéndonos en silencio a nosotros mismos: «pensando, pensando», puede hacer que nuestra atención regrese de los pensamientos inútiles hasta nuestra respiración, nuestro cuerpo y el momento presente.

En vez de estar llenos de pensamientos autocríticos, podríamos funcionar bajo un manto de vergüenza: un sentido de sentirnos defectuosos o indignos. La vergüenza no curada nos mantiene perdidos en una neblina de confusión, impidiéndonos estar en el presente con las personas y con la vida.

Honrar nuestros pensamientos y sentimientos

Vernos distraídos por nuestros pensamientos no significa que siempre seamos improductivos. Puede que haya momentos en los que necesitemos pensar en algo profundamente; quizá una decisión de negocios, un plan de jubilación o cómo comunicar nuestros sentimientos y deseos a nuestra pareja. El profesor de meditación Jason Stiff ofrece este refrescante punto de vista sobre la meditación:

Para mí, aferrarse a las experiencias y elaborar sobre ellas, o pensar sobre ellas, es algo bastante natural y nada de lo que alarmarse […] He escuchado muchos informes de sentadas de meditación en las que alguien ha escrito un artículo, compuesto una pieza musical, planeado un proyecto de arte o redecorado su casa, y en realidad resultó muy productivo y eficiente dedicarse a ello durante la meditación.

A veces tenemos que permitir algo de espacio alrededor de nuestros sentimientos para que tengan ocasión de asentarse. En vez de lanzar un comentario de enfado o culpa y pensar que estamos viviendo en el momento, nos beneficiamos de reflexionar sobre nuestros sentimientos más profundos y verdaderos. Puede que haya tristeza, miedo o vergüenza bajo nuestra ira inicial. ¿Nos podemos permitir a nosotros mismos estar en el momento de un modo en que permitamos que surjan nuestros sentimientos más profundos? Darnos cuenta de nuestros auténticos sentimientos y compartirlos nos conecta con nosotros mismos en una manera que puede conectar más íntimamente con los demás.

Las personas con inclinaciones espirituales pasan a menudo por alto la importancia de estar con los sentimientos que surgen en el momento. Si creemos que estar en el momento significa considerar los sentimientos como distracciones, ya no estamos en el momento. Intentar estar en un lugar diferente al que estamos nos aleja del momento. Mindfulness es la práctica de estar en el presente con lo que es, no de intentar estar en un momento diferente.

Para algunas personas, el edicto de estar en el momento presente puede que sea una manera sutil de evitar sentimientos incómodos. Tan pronto como surge una emoción desagradable, puede que intenten con fuerza que su atención regrese a la respiración en un intento por estar en el momento. Pero de ese modo nunca llegan a la raíz de sus sentimientos, que no dejarán de repetirse.

Al igual que un niño que se ha hecho daño clamará pidiendo atención hasta que se le escuche, nuestros sentimientos necesitan atención. Cuando se les da la bienvenida y se les escucha de manera amable y afectuosa, tienden a pasar. Entonces estamos libres para estar en un nuevo momento, libres de la sutil atracción de las emociones desatendidas y preocupantes.

«Estar en el momento» puede ser un recordatorio útil si lo entendemos de una manera más expansiva. Nos puede recordar ser más conscientes de donde quiera que estemos. Cuando surgen en nuestro interior emociones, pensamientos o deseos, podemos darnos cuenta de ellos, ser amables con ellos y permitirles simplemente ser como son. Vivimos con más paz interior cuando hacemos espacio para toda la variedad de nuestra experiencia humana.

Fuente:
John Amodeo, «What It Really Means to Be in the Present Moment», en Psychcentral.com, 13 de enero de 2015, visita: 23 de enero de 2015, trad. Ben Carral.

¿Qué es la inteligencia emocional?


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Por Ben Carral (profesor de meditación y relaciones saludables; director del Mindfulness Gijón)

Ben CarralLa inteligencia emocional está de moda. Desafortunadamente todavía existe mucha confusión al respecto, así que vamos a aclarar de qué se trata para poder utilizar el término con conocimiento de causa y que nos sirva de guía.

Aunque cada autor ofrece una definición ligeramente distinta, podemos empezar con una sencilla explicación que Travis Bradberry  y Jean Greaves (doctores en Psicología) ofrecen en su Emotional Intelligence 2.0 (Inteligencia emocional 2.0) (TalentSmart, 2009, trad. personal):

La inteligencia emocional es la capacidad de reconocer y comprender las emociones en ti mismo y en los demás, y la capacidad de utilizar esta consciencia para manejar tu comportamiento y tus relaciones.

Como podemos ver, la idea es bastante sencilla. Se trata de ser conscientes de lo que estamos sintiendo y de lo que los demás sienten en cada momento, sin escondernos de las emociones desagradables, para saber cómo actuar adecuadamente, tanto en relación con nosotros mismos como en relación con el resto de las personas con las que interactuamos (sin olvidarnos de los animales y el medio ambiente). La idea es fácil de entender, sí. Lo más complicado es ser capaces de llevarla a cabo. De ahí la necesidad de aprender y practicar.

Profundizando un poco más, podemos decir que la inteligencia emocional se compone de cuatro grandes habilidades. Volvamos a la explicación de Travis y Jean (ibíd.):

Las cuatro habilidades de la inteligencia emocional se agrupan en dos grandes competencias: la competencia personal y la competencia social. La competencia personal se compone de tus habilidades de autoconsciencia y manejo de ti mismo. La competencia personal es la capacidad de permanecer consciente de tus emociones y manejar tu comportamiento y tus tendencias. La competencia social se compone de tu consciencia social [empatía] y de tus habilidades de manejo de las relaciones; la competencia social es la capacidad de comprender los estados de ánimo, el comportamiento y los motivos de las personas para mejorar la calidad de tus relaciones.

Es interesante notar que la inteligencia emocional forma parte integral de mindfulness (atención plena) entendida en sentido amplio, tal como la describí en «¿Qué es mindfulness?». Y, por supuesto, también es un conjunto de prácticas esenciales en el currículo del Grupo Mindfulness de Gijón.