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Abrázame fuerte


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Por Sue Johnson (doctora en Psicología; referente del Mindfulness Gijón)

Trad. Ben Carral

El amor exige el gesto tranquilizador del tacto. La mayoría de la peleas son en realidad protestas por la desconexión emocional. Bajo la aflicción, las parejas están desesperadas por saber: «¿Estás ahí para mí?».

Sue JohnsonCrecí en el pub de mis padres en Inglaterra, donde siempre había mucho drama. Todo el drama —peleas, ligoteo, lágrimas y rabietas— tenía que ver con el amor. También observé a mis padres destruir el amor que sentían el uno por el otro. Desde entonces siempre he tenido la misión de averiguar qué es el amor exactamente. Mi madre lo describía como «cinco minutos divertidos». También se le ha llamado una misteriosa mezcla de sentimiento y sexo. O una combinación de enamoramiento y compañía. Bueno, es más que eso.

Mis comprensiones personales, cosechadas de la investigación y de ofrecer terapia a más de mil parejas durante 35 años, se han fusionado con un creciente número de estudios científicos, hasta el punto de que ahora puedo decir con confianza que sabemos qué es el amor. Es algo intuitivo y sin embargo no necesariamente obvio: se trata de la continua búsqueda de una conexión básica y segura con otra persona. A través de este vínculo, las parejas enamoradas se vuelven emocionalmente dependientes el uno del otro para nutrirse, calmarse y protegerse.

Estamos diseñados para tener la necesidad de responsividad y de un contacto emocional seguro con otras personas significativas para nosotros. Es una respuesta de supervivencia, la fuerza motriz del vínculo de seguridad que un bebé busca con su madre. Esta observación se encuentra en la esencia de la teoría del apego. Existe mucha evidencia que indica que la necesidad de un apego seguro no desaparece nunca; se transforma en la necesidad adulta de un vínculo emocional seguro con una pareja. Piensa en el modo en que una madre mira amorosamente a su bebé; justo como se miran a los ojos dos personas que se aman.

Aunque nuestra cultura ha enmarcado la dependencia como algo malo, una debilidad, no lo es. Estar apegado a alguien nos proporciona nuestro mayor sentido de seguridad y protección. Significa depender de una pareja para que responda cuando la llames, saber que le importas, que te aprecia y que responderá a tus necesidades emocionales.

El principio más básico de la teoría del apego es que el aislamiento —no solo el aislamiento físico, sino también el emocional— traumatiza a los seres humanos. De hecho, el cerebro lo codifica como un peligro. Gloria Steinem dijo una vez que la mujer necesita al hombre como un pez necesita una bicicleta. Eso son tonterías.

El drama del amor que vi interpretarse cada noche en el bar cuando era niña tiene todo que ver con el anhelo humano de una conexión emocional segura, un imperativo de supervivencia que experimentamos desde la cuna hasta la tumba. Cuando nos sentimos seguramente enlazados con nuestra pareja, podemos tolerar las heridas que (inevitablemente) nos infligirá en el curso de la vida cotidiana.

Conexiones rotas

Empezamos nuestro camino intensamente responsivos y conectados con nuestras parejas. Pero nuestro nivel de disposición atenta tienda a disminuir con el tiempo. Entonces experimentamos momentos de desconexión, momentos en los que no expresamos nuestras necesidades con claridad. Él está disgustado y realmente quiere que le consuelen, pero ella le deja solo, pensando que quiere soledad. En una relación, estos momentos son en realidad ineludibles. Si vas a bailar con alguien, vais a pisaros el uno al otro de vez en cuando.

Sin embargo, perder la conexión con una persona amada pone en peligro nuestro sentido de seguridad. Experimentamos un sentimiento primario de pánico. Dispara una alarma en la amígdala del cerebro, nuestro centro del miedo, que hace que estemos muy alertas a toda clase de amenazas. Una vez que la amígdala dispara la alarma, no pensamos, actuamos. La amenaza puede venir del mundo exterior o de nuestro propio cosmos interior. Lo que cuenta es nuestra percepción, no la realidad. Si nos sentimos abandonados en un momento de necesidad, estamos programados para entrar en un estado de pánico.

Lo que hacemos después, tras estos momentos de desconexión, tiene un impacto enorme en la forma de nuestra relación. ¿Podéis acercaros y reconectar? Si no sois capaces, comenzaréis a entablar peleas que siguen una pauta clara. Las llamo diálogos demoniacos. Si cogen impulso, comienzan a tomar el control y a inducir un terrible sentido de soledad emocional. Vuestra relación se siente cada vez menos un lugar seguro, y empieza a fallar. Comienzas a dudar de que tu pareja esté ahí para ti, de que te valore. O de que ella te pondrá en primer lugar.

Considera a una pareja con su hijo primogénito. Tener un bebé es una experiencia estresante y privadora de sueño. Pero también es un momento en el que los miedos y las necesidades de  apego de las personas son particularmente fuertes. El hombre podría pensar algo como: «Sé que está mal, y sé que resulta patético, pero siento que he perdido a mi mujer por mi hijo». Y la mujer podría decir: «Me sentí muy frágil cuando tuve al bebé. Estaba cuidando de esta pequeña criatura, y yo misma necesitaba consuelo y cuidado extra, pero él estaba fuera trabajando todo el tiempo». Sus intenciones son buenas —ella cuidaba al bebé y él trabajaba duro para sustentar a su nueva familia—, pero fallan en darse el uno al otro lo que realmente necesitan.

O piensa en un hombre que lo está haciendo bien en su trabajo mientras que su mujer despunta en su nueva carrera profesional. Ella pasa muchas horas en proyectos excitantes mientras él se ve privado de afecto, atención y sexo. Todas las noches, acostado en la cama, esperándola, se siente como un tonto por necesitarla tanto; y también está enfadado porque ella no puede ver lo mucho que le afecta su ausencia.

Pero no hablamos de estos conflictos en términos de necesidades de apego profundamente enraizadas. Hablamos de las emociones superficiales, la ira o la indiferencia, y culpamos al otro. «Él está tan enfadado; me siento atacada», o: «Ella es tan fría. No creo que le importe en absoluto». Cada persona se retira a una esquina, haciendo cada vez más difícil para los dos expresar sus necesidades de apego fundamentales, impidiendo la capacidad de obtener tranquilidad el uno del otro.

Las mujeres son a menudo más sensibles que los hombres a las primeras señales de avería en la conexión, y a menudo su respuesta es comenzar lo que yo llamo un baile de desconexión. Casi de manera ritual, persiguen a su pareja en un intento inútil de obtener una respuesta de consuelo. Pero lo hacen de un modo que prácticamente garantiza que sus necesidades básicas no serán satisfechas; culpan a su pareja de fallar en algo esencial.

Por otra parte, a los hombres se les ha enseñado a suprimir sus respuestas y necesidades emocionales, lo que les inclina a retirarse del conflicto. Pero la ira de ella y la retirada de él enmascaran ambas lo que subyace bajo la superficie: una vulnerabilidad y necesidad de conexión subyacentes, que ahora se agravan por la tristeza, la vergüenza y, sobre todo, el miedo.

Con demasiada frecuencia, lo que las parejas no ven es que la mayoría de las peleas son en realidad protestas por la desconexión emocional. Bajo toda la aflicción, las parejas están desesperadas por saber: «¿Estás ahí para mí? ¿Me necesitas? ¿Confías en mí?».

Sigue en: Abrázame fuerte (2.ª parte)

Fuente:
Sue Johnson, «Hold Me Tight», en Psychologytoday.com, 1 de enero de 2010, última revisión: 1 de julio de 2014, visita: 30 de noviembre de 2014, trad. Ben Carral.

Momentos clave de apego y desapego


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Por Sue Johnson (doctora en Psicología; referente del Mindfulness Gijón)

Trad. Ben Carral

Sue JohnsonEl punto de vista del apego sobre el amor nos ofrece una manera de comprender los patrones tóxicos. Nos guía hacia los momentos que rompen y construyen las relaciones. Los clientes me dicen a veces: «Las cosas estaban yendo muy bien. Tuvimos cuatro días estupendos. Se sentía como si fuésemos amigos. Pero entonces sucedió ese incidente y todo se fue al infierno entre nosotros. No lo entiendo».

A menudo, los intercambios dramáticos entre los miembros de una pareja son tan rápidos, caóticos y acalorados que no captamos lo que está sucediendo en realidad y no podemos ver cómo podríamos reaccionar. Pero si ralentizamos las cosas, vemos los puntos decisivos y nuestras opciones. Las necesidades de apego y las poderosas emociones que les acompañan surgen a menudo de repente. Catapultan la conversación desde cuestiones mundanas al asunto de la seguridad y la supervivencia.  «Johnny ve demasiada televisión», se convierte al instante en: «Ya no puedo más con las rabietas de nuestro hijo. Soy una madre pésima. Pero no me estás escuchando. Ya sé, ya sé, tienes que seguir trabajando, eso es lo que importa aquí, ¿no? No mis sentimientos. Estoy sola en esto».

Si nos sentimos básicamente seguros y conectados con nuestra pareja, este momento clave es solo como una pasajera brisa fresca en un día soleado. Si no estamos tan seguros de nuestra conexión, comienza una espiral negativa de inseguridad que enfría la relación. [John] Bowlby [(1907-1990)] nos dio una guía general para saber cuándo salta nuestra alarma de apego. Dijo que ocurre cuando de repente nos sentimos inseguros y vulnerables en el mundo o percibimos un cambio negativo en nuestro sentido de conexión con un ser querido, cuando sentimos una amenaza o peligro para la relación. Las amenazas que percibimos pueden venir del mundo exterior y de nuestro propio cosmos interior. Pueden ser ciertas o imaginarias. Lo que cuenta es nuestra percepción, no la realidad.

Peter, que lleva seis años casado con Linda, se ha estado sintiendo menos importante para su mujer últimamente. Ella tiene un trabajo nuevo y hacen el amor con menos frecuencia. En una fiesta, un amigo comenta que mientras Linda se ve radiante, parece que a Peter se le está cayendo el pelo. Cuando Peter ve a Linda hablando con un hombre impresionantemente apuesto, un hombre con mucho pelo, se le revuelve el estómago. ¿Se puede calmar Peter al saber que su mujer le tiene mucho cariño, que volverá a él y que puede contar con ella si se lo pide? Quizá recuerde un momento en que sucedió así y utilice esa imagen para aplacar su intranquilidad.

Sin embargo, ¿qué sucede si nos puede calmar sus entrañas? ¿Se enfada, camina hasta su mujer y le hace un comentario cortante sobre el flirteo? ¿O elude su preocupación, se dice a sí mismo que no le importa y va a por otro trago, o seis? Cualquiera de estas formas de tratar con su miedo: atacar o retroceder, solo conseguirá alejar a Linda. Ella se sentirá menos conectada y atraída hacia su compañero, lo que a su vez solo amentará el pánico primario de Peter.

Un segundo momento clave ocurre después de que ha pasado la amenaza inmediata. Entonces la pareja tiene la oportunidad de reconectar, a no ser que entren en juego sus estrategias negativas para tratar con ello. En la fiesta, más avanzada la noche, Linda busca a Peter. ¿Se acerca a ella y le permite ver el dolor y el miedo que sintió al verla hablar  con otro hombre de manera tan íntima? ¿Expresa estas emociones de forma que ella se vea incitada a tranquilizarle? ¿O le ataca por «ir golfeando» y le exige que vayan inmediatamente a casa y hagan el amor? ¿O permanece callado y retraído?

Un tercer momento clave es cuando logramos sintonizar con nuestras emociones de apego, buscamos conexión y consuelo con nuestra persona amada y ella responde. Digamos que Peter logra llevar a Linda a un lado, toma una respiración profunda y le cuenta que ha pasado un mal rato al verla hablar con el apuesto extraño. O quizá solo logre ir y quedarse a su lado y expresar su disgusto con una mirada preocupada. Supongamos que Linda responde positivamente. Aunque él no es capaz de expresar sus sentimientos completamente, ella siente que algo no anda bien y le da la mano a Peter. Le pregunta con suavidad si se encuentra bien. Ella es accesible, responsiva. Pero ¿Peter se da cuenta de ello, confía? ¿Puede aceptarlo, sentirse consolado, acercarse y seguir abriendo su corazón? ¿O por el contrario sigue en guardia y la aleja para evitar sentirse tan vulnerable? ¿La ataca incluso para comprobar si a ella «le importa realmente»?

Finalmente, cuando Peter y Linda vuelven a su manera cotidiana de conectar, ¿tiene él la seguridad de que ella estará ahí como refugio seguro en tiempos de problemas y dudas? ¿O se sigue sintiendo inseguro? ¿Intenta controlar a Linda y presionarla cada vez más buscando respuestas que le aseguren su amor? ¿O minimiza su necesidad de ella y se centra en cambio en tareas y cosas que le distraigan?

Este drama se ha centrado en Peter, pero un escenario centrado en Linda revelaría que ella tiene las mismas necesidades y miedos de apego. Ciertamente, tanto hombres como mujeres, todos compartimos estas sensibilidades. Pero las podemos expresar un poco diferente. Cuando una relación se encuentra en caída libre, los hombres hablan típicamente de sentirse rechazados, inadecuados y un fracaso; las mujeres, de sentirse abandonadas y desconectadas. Las mujeres parecen tener una respuesta adicional que emerge cuando se encuentran afligidas. Los investigadores lo llaman cuidar y cultivar la amistad. Quizá porque por su sangre circula más oxitocina, la hormona de los abrazos, las mujeres buscan más a otras personas cuando sienten una falta de conexión.

 

Según un destacado estudio de Ted Huston de la Universidad de Texas, la causa de que los matrimonios fracasen no es un aumento del nivel de  conflicto, sino la disminución del afecto y la responsividad emocional. Ciertamente, la falta de responsividad emocional es el mejor indicador de lo sólido que será un matrimonio a los cinco años, no el nivel de conflicto. El fracaso de los matrimonios empieza con una creciente ausencia de interacciones íntimas responsivas. El conflicto viene después.

Como pareja, caminamos juntos por la cuerda floja en un equilibrio delicado. Cuando comienzan a soplar los vientos de la duda y del miedo, si nos entra el pánico y nos aferramos desesperadamente el uno al otro o si nos separamos de golpe para protegernos, la cuerda se balancea cada vez más y nuestro equilibrio se vuelve más precario todavía. Para seguir en la cuerda, debemos movernos al compás el uno del otro, responder a las emociones el uno del otro. Al conectar, nos equilibramos mutuamente. Estamos en equilibrio emocional.

Fuente:
Sue Johnson, Hold Me Tight: Seven Conversations for a Lifetime of Love, Little, Brown and Company, 2008, trad. Ben Carral. (Abrázame fuerte: siete conversaciones para un amor duradero, Urano, 2009.)

Los diálogos demoniacos


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Por Sue Johnson (doctora en Psicología; referente del Mindfulness Gijón)

Trad. Ben Carral

Sue JohnsonCuanto más tiempo se siente distanciada una pareja, más negativas se vuelven sus interacciones. Los investigadores han identificado varios de estos patrones negativos y les han dado nombres distintos. A los tres que considero más básicos, yo les llamo diálogos demoniacos. Son Encuentra al Malo, la Polka de Protesta y Detente y Huye […]

Con mucho, el más dominante del trío es la Polka de Protesta. En este diálogo, un miembro de la pareja se vuelve crítico y agresivo, y el otro, defensivo y distante. El psicólogo John Gottman de la Universidad de Washington en Seattle ha descubierto que las parejas que se atascan en este patrón durante los primeros años de matrimonio tienen más del 80% de probabilidades de divorciarse en cuatro o cinco años.

Echemos un vistazo a una pareja, Carol y Jim, que discute desde hace tiempo porque él llega tarde a las citas. Durante una sesión en mi consulta, Carol se queja a Jim por su última transgresión: no llegó a tiempo para la noche de cine que habían planeado.  «¿Cómo es que siempre llegas tarde?», le cuestiona. «¿No te importa que tengamos una cita, que esté esperando y que siempre me falles?» Jim reacciona con frialdad: «Se me hizo tarde. Pero si vas a comenzar a quejarte otra vez, quizá deberíamos volver a casa y olvidar la cita». Carol contraataca enumerando todas las otras veces en que Jim se ha retrasado. Jim empieza a cuestionar la lista de ella, pero se detiene y se retira a un silencio gélido.

En esta disputa interminable, Jim y Carol están atrapados en el contenido de sus peleas. ¿Cuándo fue la última vez que Jim se retrasó? ¿Fue todavía la semana pasada o hace meses? Van de un punto muerto acerca de «lo que pasó en realidad» al otro, discutiendo quién cuenta la historia más «exacta» y quién tiene «la culpa». Están convencidos de que el problema tiene que ver o con la irresponsabilidad de él o con las quejas de ella.

Pero en verdad no importa por qué se estén peleando. En otra sesión en mi consulta, Carol y Jim empiezan a discutir sobre la renuencia de Jim a hablar de su relación. «Hablar de esto simplemente hace que nos peleemos», afirma Jim. «¿Para qué sirve? Le damos vueltas y vueltas. Se vuelve frustrante.  Y, de todos modos, al final todo tiene que ver con mis “defectos”. Me siento más cerca cuando hacemos el amor.» Carol sacude la cabeza: «No me apetece sexo ¡cuando ni siquiera estamos hablando!».

¿Qué ha sucedido aquí? El patrón ataque-retirada con el que Carol y Jim tratan el asunto del «retraso» se ha extendido a dos asuntos más: «no hablamos» y «no tenemos sexo». Están atrapados en un círculo terrible. Sus respuestas generan más respuestas y emociones negativas el uno en el otro. Cuanto más culpa Carol a Jim, más se retira él. Y cuanto más se retira él, más frenéticos y cortantes se vuelven los ataques de ella.

Al final, los motivos de cualquier pelea no importarán para nada. Cuando las parejas llegan a este punto, toda su relación se ve marcada por el resentimiento, la precaución y la distancia. Verán cualquier diferencia, cualquier desacuerdo, a través de un filtro negativo. Escucharán palabras inocentes y oirán una amenaza. Verán una acción ambigua y asumirán lo peor. Se verán consumidos por miedos y dudas catastróficos, y estarán constantemente en guardia y a la defensiva. Incluso si se quieren acercar, no pueden. El título de una canción de los Notorious Cherry Bombs define perfectamente la experiencia de Jim: «It’s Hard to Kiss the Lips at Night that Chew Your Ass Out Day Long» [Es difícil besar por la noche los labios que llevan todo el día recriminándote].

A veces, las parejas llegan a atisbar los diálogos demoniacos en los que están atrapados. Jim me dice que «sabe» que escuchará cómo ha decepcionado a Carol incluso antes de que ella hable, así que ha levantado un «muro» para protegerse del «fuego incendiario», pero el patrón se ha vuelto tan automático e irresistible que no lo pueden detener. Sin embargo, la mayoría de las parejas no son conscientes del patrón que se ha apoderado de su relación.

Enfadados y frustrados, se esfuerzan por encontrar una solución. Concluyen que su pareja es insensible o cruel. Vuelven la culpa hacia adentro, hacia sí mismos. «Quizá haya algo profundamente malo en mí», me dice Carol. «Es como solía decir mi madre, soy demasiado difícil para que me amen». Concluyen que nadie es confiable y que el amor es una mentira.

Para muchos psicólogos y consejeros, la idea de que estas espirales de exigencia-distancia tengan todo que ver con el pánico de apego sigue siendo revolucionaria. A la mayoría de los colegas que vienen a formarse conmigo les han enseñado a ver el conflicto y las luchas de poder de las parejas como los problemas más importantes de las relaciones. En consecuencia, se han centrado en enseñar a las parejas habilidades de negociación y comunicación para contener el conflicto. Pero es tratar los síntomas, no la enfermedad. Es decirle a personas atrapadas en un baile interminable de frustración y distancia que cambien el paso cuando lo que tienen que hacer es cambiar la música. «Deja de decirme lo que tengo que hacer», exige Jim. Carol lo considera durante un nanosegundo antes de replicar enfadada: «Si no te lo digo, ¡tú no haces nada y seguimos igual!».

Podemos salir con muchas técnicas para tratar diferentes aspectos de la aflicción de las parejas, pero hasta que comprendamos los principios que organizan las relaciones amorosas, realmente no podemos comprender los problemas del amor ni ofrecer a las parejas una ayuda duradera. El patrón exigencia-retirada no es solo un mal hábito, refleja una realidad subyacente más profunda: estas parejas se están muriendo de hambre emocionalmente. Están perdiendo su fuente de sustento emocional. Se sienten desvalidas. Y están desesperadas por volver a conseguir el alimento.

Hasta que tratemos la necesidad fundamental de conexión y el miedo de perderla, las técnicas habituales —como aprender habilidades de resolución de problemas y comunicación, indagar las heridas de la infancia o tomarse descansos— resultan desacertadas e ineficaces. Gottman ha demostrado que las parejas felices no se hablan de maneras más «hábiles» o «perspicaces» que las infelices. No siempre se escuchan con empatía ni comprenden cómo sus pasados han establecido expectativas problemáticas. Y en mi consulta, veo a parejas muy afligidas que se expresan con una facilidad sorprendente y muestran una comprensión exquisita de su propio comportamiento, pero que no pueden hablar de manera coherente con sus compañeros sentimentales cuando golpea el tsunami emocional. Mi clienta Sally me dice: «¿Sabe?, hablar se me da bastante bien. Tengo muchos amigos. Soy asertiva y buena oyente. Pero cuando entramos en esos terribles y largos silencios, intentar recordar nuestro fin de semana de entrenamiento para el matrimonio es como intentar leer el manual del paracaídas en plena caída libre».

Los remedios habituales no tratan el anhelo de una conexión emocional segura ni sus amenazas. No les dicen a las parejas cómo reconectar o permanecer conectadas. Las técnicas que les enseñan pueden interrumpir una pelea, pero con un coste terrible. A menudo acrecientan la distancia entre los miembros de la pareja, reforzando los miedos de ser rechazados y abandonados cuando lo que necesitan las parejas es reafirmar su vínculo.

Fuente:
Sue Johnson, Hold Me Tight: Seven Conversations for a Lifetime of Love, Little, Brown and Company, 2008, trad. Ben Carral. (Abrázame fuerte: siete conversaciones para un amor duradero, Urano, 2009.)

Es hora de superar el mito de la independencia


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Por Ben Carral (profesor de meditación y relaciones saludables; director del Mindfulness Gijón)

Ben CarralEn Estados Unidos, el 33% de la población sigue creyendo que «los seres humanos y otras cosas vivas han existido en su forma actual desde el principio del tiempo» (Pew Research Center, encuesta 21 de marzo-8 de abril de 2013, pregunta 54, trad. personal), es decir, no acepta la teoría de la evolución. Me parece trágico y sorprendente. Es como seguir viviendo con la idea de que la Tierra es plana y que se encuentra en el centro del universo. Y, sin embargo, un despropósito de iguales dimensiones ocurre entre nosotros.

Estos días he leído en Facebook dos citas atribuidas a John Lenon (1940-1980) en las que se afirma: «La felicidad está dentro de uno, no al lado de alguien», y ambas recogieron muchos «Me gusta». ¿Tienen sentido las supuestas palabras de Lenon? En absoluto. La verdad es que son una tontería tan grande como creer que Dios hizo el mundo en su forma actual o que la Tierra es plana. Lo cierto es que la ciencia ha demostrado sobradamente que necesitamos a los demás para ser felices. De hecho, no solo para ser felices, sino simplemente para sobrevivir; basta con pensar qué sería de un recién nacido sin los cuidados de los demás.

Como dice Harriet Lerner (doctora en Psicología) en The Dance of Connection [El baile de la conexión] (HarperCollins, 2001, trad. personal):

La dependencia ha cogido mala reputación. […] El hecho es que todos dependemos de otros. Es parte de la condición humana. Podemos fingir que no es así cuando somos jóvenes, tenemos salud y nos va bien en el trabajo. […] Cuando fallan los sistemas que te apoyan, aprendes lo dependiente que eres en realidad. […] El énfasis cultural en nuestra independencia es tan fuerte que incluso podemos sentirnos avergonzados de nuestra dependencia.

O como dice Sue Johnson (también doctora en Psicología) en Love Sense [Sentido del amor] (Little, Brown and Company, 2013, trad. personal):

Toda la investigación está de acuerdo en que una relación estable y amorosa es la base fundamental de la felicidad humana y el bienestar general. Una buena relación es mejor seguro de salud que una dieta cuidadosa y mejor estrategia antienvejecimiento que tomar vitaminas. Una relación amorosa también es la clave para crear familias que enseñen las habilidades necesarias para mantener una sociedad civilizada: confianza, empatía y cooperación. El amor es la fuerza vital de nuestra especie y del mundo.

Así que John Lenon (o quien escribiese esas citas) estaba tan equivocado sobre la felicidad como los fundamentalistas religiosos lo están acerca de la evolución. En cuanto investigadores y científicos nos queda mucho trabajo de divulgación por delante para desmantelar el terrible mito de la independencia. Al igual que tuvimos que aprender que la Tierra es redonda o que somos descendientes de los primates, es hora de que aprendamos que nuestra felicidad depende de otros. Están en juego nuestro bienestar personal, el bienestar de nuestras familias y el bienestar de la sociedad en general.

¿Puede el amor durar toda la vida?


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Por Sue Johnson (doctora en Psicología; referente del Mindfulness Gijón)

Trad. Ben Carral

Sue JohnsonDel enamoramiento a una sinfonía para toda la vida

¿Puede durar el amor romántico o, por su propia naturaleza, tiene fecha de caducidad? Un escritor sugirió recientemente que solo está «diseñado» para durar unos cuatro años, o hasta que la descendencia de un romance pueda sobrevivir sin dos padres guardianes. Otra investigación ha sugerido que el amor se apaga inevitablemente después de unos 15 meses. Pero por lo general parece que hemos decidido colectivamente que la vida natural de una relación amorosa es incluso más corta. Después de todo, si el amor es una fiebre, se tiene que terminar bajando, ¿no? Incluso nuestro lenguaje sugiere que el amor romántico es breve. Si caes enamorado [en inglés: «fall in love»], supongo que en algún momento te levantas y te sacudes el polvo.

Esta perspectiva sobre el amor se convierte en una profecía autocumplida. Como me dijo hace poco una de mis clientas: «Estuve a punto de no aceptar venir a terapia de pareja. Al fin y al cabo, todas mis amigas dicen que no hay solución para mi infelicidad y que simplemente tengo que aceptar el amor como es. Después de llevar casada unos años, no queda mucho de ese romance y de estar enamorada. Simplemente tienes que renunciar a eso y aceptar que es todo lo que hay». Mi clienta añadió: «Pero he venido porque me estaba muriendo por dentro. Estaba enfadada constantemente; después de un tiempo es demasiado duro gritar en el silencio». Me estaba hablando del elevado precio de una relación afligida y una aproximación resignada a la vida.

Otra parte de esta aproximación escéptica al amor de larga duración es la ubicua suposición de que el deseo sexual y la pasión se marchitan una vez que se firma el contrato matrimonial. Y es verdad que cambia, como para quienes, por ejemplo, se ven implicados en ser padres; el erotismo se puede enfriar por un tiempo. ¿Pero realmente lo mejor que podemos esperar de una relación amorosa es el primer arrebato de pasión que llega con una experiencia nueva y altamente emocional?

Una respuesta obvia a esta pregunta es: quizá. Si no comprendemos el amor, si realmente es un misterio, quizá no haya más que sufrir sus idas y venidas, y encontrar la manera de encogerse de hombros y no esperar demasiado. Pero mi respuesta es que esta actitud cínica hacia el amor está desfasada. Por primera vez en la historia de la humanidad comprendemos qué es el amor y cómo darle forma. Esto cambia todos los pronósticos en la búsqueda del amor de verdad, del amor que dura.

Siempre hemos sabido en nuestros corazones que el amor puede durar para unos pocos afortunados. Y la ciencia ha comenzado a confirmarlo. Hace poco, el investigador Arthur Arons de la Universidad Stony Brook utilizó escáneres cerebrales para mostrar que un pequeño número de parejas sigue respondiendo, después de 20 años juntos,  con tanta excitación psicológica  —llamémosla pasión— como la mayoría solo experimenta en el calor del primer enamoramiento. ¡La química puede durar!

Por encuestas recientes sabemos que el deseo y la pasión duran mucho más de lo que hemos supuesto. Estas encuestas también nos dicen que las personas que tienen sexo más satisfactorio y con más frecuencia son las que tienen relaciones amorosas de larga duración. Lógicamente, no es una sorpresa; en la mayoría de las cosas la práctica lleva a la perfección. El sexo es como el tango, cuando bailas con alguien durante mucho tiempo, podéis coordinar vuestros movimientos y crear más sincronía.

Así pues, ¿qué necesitamos para que cada vez más de nosotros podamos hacer de este amor y pasión duraderos una meta alcanzable? Había una vez en que no podías esperar vivir más de 55 años. Mi abuelo murió a los 40 de una neumonía, una enfermedad que ahora es fácilmente curable gracias al avance de la ciencia. Ceo que la nueva ciencia del amor ha evolucionado igualmente en la última década, volviendo obsoleto el concepto del amor como una fiebre pasajera.

Ya hemos aprendido muchísimo sobre los vínculos amorosos como resultado de este nuevo desarrollo revolucionario de ver el amor —una emoción— a través del microscopio de la ciencia y la exploración razonada sistemática. Por ejemplo, cientos de estudios nos dicen que el amor es un código de supervivencia exquisitamente lógico y que la capacidad de acercarse, expresar claramente tus necesidades emocionales y responder a las necesidades emocionales de tu ser amado de consuelo, reafirmación y conexión, son los ingredientes claves del amor. Cometemos errores porque no comprendemos nuestras necesidades; no tenemos un mapa del territorio. Demasiado a menudo enviamos mensajes distorsionados, ofrecemos consejos y soluciones para los problemas cuando lo que nuestra pareja necesita es nuestra presencia emocional, o intentamos esconder nuestras emociones cuando la ciencia nos dice que nuestro ser amado las ha captado por nuestra expresión facial casi antes de que nuestro propio cerebro haya decidido intentar esconderlas.

Pero una vez que conocemos el territorio, una vez que comprendemos los vínculos amorosos, podemos dar forma activamente a estos vínculos de una manera novedosa para las parejas humanas. Podemos tener un amor que dure toda la vida. Un amor que nos fortalece y nos hace sentir sentir menos miedo y dolor.

Fuente:
Sue Johnson, «Can Love Last a Lifetime?», en Psychologytoday.com, 1 de junio de 2010, visita: 30 de octubre de 2014, trad. Ben Carral.

Las peleas suelen ser intentos de reconexión emocional


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Por Sue Johnson (doctora en Psicología; referente del Mindfulness Gijón)

Trad. Ben Carral

Sue JohnsonTenemos que sumergirnos más profundo para descubrir el problema básico: estas parejas han desconectado emocionalmente; no se sienten seguras emocionalmente entre sí. Con demasiada frecuencia, lo que las parejas y terapeutas no ven es que la mayoría de las peleas son realmente protestas por la desconexión emocional. Bajo toda la aflicción, los miembros de la pareja se están preguntando: ¿Puedo contar contigo, depender de ti? ¿Estás ahí para mí? ¿Responderás cuando lo necesite, cuando llame? ¿Te importo? ¿Me valoras y me aceptas? ¿Me necesitas, confías en mí? La ira, la crítica, las exigencias, realmente son llantos a sus seres amados, llamadas para conmover sus corazones, para traer de vuelta emocionalmente a sus compañeros y restablecer un sentido de conexión segura.

Fuente:
Sue Johnson, Hold Me Tight: Seven Conversations for a Lifetime of Love, Little, Brown and Company, 2008, trad. Ben Carral. (Abrázame fuerte: siete conversaciones para un amor duradero, Urano, 2009.)

El amor es como el oxígeno o el agua


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El amor es una necesidad básica

Por Sue Johnson (doctora en Psicología; referente del Mindfulness Gijón)

Trad. Ben Carral

El amor no es la guinda del pastel de la vida. Es una necesidad primaria básica, como el oxígeno o el agua. Cuando comprendemos y aceptamos esto, podemos llegar más fácilmente al meollo de los problemas relacionales.

Fuente:
Sue Johnson, Hold Me Tight: Seven Conversations for a Lifetime of Love, Little, Brown and Company, 2008, trad. Ben Carral. (Abrázame fuerte: siete conversaciones para un amor duradero, Urano, 2009.)

No puedes tener sexo estupendo sin una conversación estupenda


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Por Sue Johnson (doctora en Psicología; referente del Mindfulness Gijón)

Trad. Ben Carral

Pareja hablando en la camaLa excitación comienza con una conexión profunda y significativa

El sexo es confuso. ¿Se trata principalmente de lujuria y la búsqueda del Gran Orgasmo? ¿Se trata de un mero truco de la naturaleza para que nos reproduzcamos? ¿Es una adicción? Al trabajar con parejas, he aprendido que realmente necesitamos recordar que al sexo lo llamamos hacer el amor por una razón muy buena. En los mamíferos que crían a los jóvenes, el sexo es un comportamiento de vinculación. En el sexo, la conexión emocional no es la guinda del pastel; es lo que crea el sentido de seguridad que nos permite espontaneidad, apertura y juego erótico.

Si pensamos en el sexo como vinculación, nos ayuda a tener mejor sexo y mejores relaciones. Debemos recordar que:

Cuando las parejas tienen relaciones amorosas de larga duración que también son calientes, es casi seguro que NO se debe a que lean revistas como Cosmopolitan en busca de consejos sexuales o coleccionen cestas de juguetes sexuales o prendas especiales. Lo más probable es que la clase de técnicas que ofrecen las revistas, como hacer el amor sobre la secadora a toda marcha, terminen en una risa embarazosa o incluso en una lesión física en vez de en una conexión sexual. La investigación sobre la vinculación y el sexo es clara: quienes se limitan a centrarse en la sensación y la ejecución se pierden la dimensión del sexo que realmente hace que funcione: la conexión emocional. Entonces terminan buscando pasión en el lugar equivocado.

La evidencia muestra que las parejas vinculadas seguramente, que son más abiertas emocionalmente entre sí, tienen más sexo y lo disfrutan más. Su vida sexual está respaldada por la fuerza más poderosa: el anhelo de conexión emocional. La manera en que tratamos con este anhelo determina cómo hacemos el amor. Si desconectamos este anhelo, pasamos al sexo desapegado y sin emociones. Es un poco como bailar sin música. No sorprende entonces que necesitemos posturas extrañas y todo un cargamento de juguetes sexuales para hacer que la cosa marche.

Cuando las parejas aprenden a abrirse, a compartir emocionalmente y a responder a las emociones del otro, su vida sexual mejora. Pueden compartir sus necesidades, fantasías e inseguridades sexuales. Cuando el sexo no es como queréis que sea, debéis fijaros primero en vuestra conexión emocional y en cómo sintonizar el uno con el otro en este nivel. Podéis comenzar escribiendo cada uno algo que queráis que vuestra pareja sepa acerca de vosotros y de vuestra sexualidad.

A diferencia de las películas, la mayoría de las personas tiene asuntos y sensibilidades sexuales. El sexo es como todo lo demás: a veces funciona y a veces no. Todos atravesamos momentos en los que nos sentimos menos deseables o excitados. Quizá el cansancio o los problemas de salud tengan algo que ver. Si esperamos que todo acto sexual sea una sinfonía que nos deje a los dos en lo más alto, vamos a sufrir una poderosa decepción.

Una de las principales razones por las que las parejas vinculadas seguramente informan de mejores vidas sexuales es que se pueden abrir y comunicar cuando las cosas funcionan y cuando no. A menudo, un problema sexual se trata realmente de un mero problema de comunicación. Por ejemplo, si un hombre pierde su erección, en vez de cerrarse a su compañera porque se siente avergonzado, la pareja debería hablar de maneras de tratarlo. Sarah le dice a Tom: «No me importa si a veces pierdes parte de tu erección. Sé lo estresado que has estado. Puedo acercarme y ayudarte a encenderte otra vez. Pero si te encierras, te alejas y te niegas a hablar, entonces me enfado y nos atascamos». Sarah reafirma a Tom. Se unen como equipo y encuentran el modo de volver a hacer el amor estupendamente.

Jack me dice: «No me daba cuenta de que la necesidad de Kim de cogernos y hablar antes del sexo tenía que ver con que ella se sintiese realmente segura conmigo y se abriera a mí. Era como un juego preliminar para ella. Una vez que entendí que ella necesitaba saber dónde estaba yo y cómo me sentía para dejarse llevar conmigo, descubrí que hablar un rato no era tan malo». Cuando una pareja se une como equipo, pueden encontrar el modo de volver a hacer el amor estupendamente.

Sabemos que si dedicamos un poco de tiempo y aprendemos a compartir nuestras emociones, podemos tener lujuria, y amor, y pasión y juego con nuestra pareja. Simplemente tenemos que aprender a encender la música emocional.

Fuente:
Sue Johnson, «You Can’t Have Great Sex Without Great Conversation», en Yourtango.com, 14 de agosto de 2014, visita: 21 de octubre de 2014, trad. Ben Carral.

La Love Revolution está en marcha


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Por Ben Carral (profesor de meditación y relaciones saludables; director del Mindfulness Gijón)

Ben CarralTraduzco un estado que la doctora Sue Johnson publicó en su muro de Facebook el día 12 de este mes:

Estoy completa y humildemente agradecida por la oportunidad de ayudar a las parejas a formar una conexión amorosa; y por la alegría que me produce y el maravilloso equipo que trabaja conmigo —avanzando y mejorando—; la gratitud siempre me conecta con el momento.

Esta es precisamente la razón por la que he puesto en marcha el Grupo Mindfulness de Gijón (Asturias) y retomado la carrera de Psicología que empecé hace unos diez años. Si algo he aprendido, es que el amor es lo más importante. Me siento horrorizado al observar la clase de relaciones que construimos, al escuchar las barbaridades que se dicen sobre el amor en la calle y también entre algunos supuestos profesionales. Así que dedicaré mi vida a hacer justamente lo mismo que hace Sue: pondré todo mi empaño en ayudar a crear conexiones amorosas. Hay quien me llama pasteloso por sentir, pensar y actuar de esta manera; qué se le va a hacer, pese a quien le pese así es como quiero ser.

Lo que está claro es que la Love Revolution ¡está en marcha!

Las leyes del amor


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Por Sue Johnson (doctora en Psicología; referente del Mindfulness Gijón)

Trad. Ben Carral

Sue JohnsonHace unos meses fui a la ópera; Carmen de Bizet para ser precisa. En la primera escena, cuando Carmen sale paseando y seduce a unos 30 soldados haciendo pucheros, canta: «El amor es un niño gitano, jamás, jamás ha conocido ley». Todos los poetas y filósofos de las historia estarían de acuerdo y cantarían el coro con ella. Al fin y al cabo, todo el mundo sabe que el amor romántico es misterioso, irracional, pasajero. Simplemente algo en lo que caemos y después salimos. Pero esto nos deja con un gran problema.

Ahora dependemos cada vez más de nuestras parejas románticas para el apoyo y la conexión social que necesitamos. La mayoría de nosotros ya no vivimos en pueblos. Si tenemos suerte, vivimos en una comunidad de dos. Y cada vez más de nosotros nos quejamos de soledad crónica y, por primera vez en la historia de la humanidad, la unidad básica de la sociedad, la familia, se fundamenta casi por entero en sentimientos de amor y afecto. Construir estas relaciones preciosas e indispensables sobre una sombra, un misterio tan fuera de control, ¡parece un poco arriesgado! Quizá por eso, en mi parte del mundo, la pregunta más frecuente en Google durante el último año fue qué es el amor, y también cómo se hace. Pero está bien.

De hecho, Bizet y su versión sin ley del amor ¡está desfasada! Ahora sabemos que el amor tiene sentido, y no solo podemos darle sentido, sino darle forma. Es un avance decisivo, una gran idea, un cambio de paradigma, una revolución. ¿Cómo sucedió? Bueno, en la década de 1990, los científicos sociales empezaron a observar sistemáticamente a las parejas haciendo lo que todas las parejas hacen: pelear, reconciliarse, despedirse, pedir atención o enfrentar juntos situaciones de miedo. Investigadores como yo misma hemos estado ocupados codificando las expresiones de las caras de las parejas, señalando las respuestas exactas que llevan a una relación de la desesperación al deleite, poniendo a las parejas en escáneres cerebrales y midiendo sus hormonas.

La ciencia se ha centrado por fin en los dramas que componen nuestras vidas emocionales cotidianas, señalando, por ejemplo, por qué nos preocupan los sentimientos heridos y qué supone una disculpa eficaz. En mi laboratorio hemos estudiado con éxito cómo ayudar a las parejas no solo a incrementar su satisfacción en la relación, sino a crear la responsividad amorosa que verdaderamente repara su vínculo emocional. Bueno, esperad un momento, podemos mejorar las habilidades de comunicación en terapia, pero ¿realmente podemos crear amor y confianza? ¿Realmente podemos hacerlo? 20 años de investigación dicen que podemos, pero solo si sabemos cómo darle sentido al amor, solo si comprendemos las leyes del amor.

Observemos cuatro de ellas; cada una apoyada por muchos estudios de investigación.

Ley número uno. En esencia, el amor romántico es una versión adulta del vínculo emocional entre la madre y el niño, con las mismas emociones llenas de energía, un anhelo impulsivo de cercanía física y emocional, la necesidad de un refugio seguro, la seguridad y conexión que disminuyen el miedo y el estrés, la misma agitación emocional ante la amenaza de pérdida y separación, y las mismas tres estrategias y movimientos para tratar con nuestra necesidad de cercanía. Seamos claros, este vínculo, con los padres y luego con nuestras parejas, no es una cuestión pequeña, es un antiguo código de supervivencia programado en nuestros cerebros cuando nacemos, pequeños e indefensos.

Si llamamos y nadie acude, es aterrador. Sabemos que el aislamiento, ser privado del cuidado de otros, es la señal de peligro definitiva, nos puede dejar indefensos; puede matar. Un estudio de House demuestra que el aislamiento emocional ¡es más peligroso para tu salud que fumar o no hacer ejercicio! Y tienes tres veces más probabilidades de sufrir un derrame o ataque al corazón si tienes que enfrentar el mundo solo. Estamos reconociendo que nacemos para conectar, es nuestro instinto más profundo, más poderoso que el sexo o la agresión.

¿Cuál es la primera ley del amor? Es que se trata de un código de supervivencia y que regula nuestro sentido de seguridad o peligro. El modelo para nuestra manera de amar es el vínculo con nuestro primer cuidador. De adultos, este vínculo es diferente en cuanto que no necesitamos que nuestras parejas se encuentren físicamente presentes todo el tiempo; podemos recurrir a ellas en nuestras mentes y utilizarlas como señales de seguridad para calmarnos. Cuando vuelo, según despega el avión, escucho en mi cabeza la amorosa voz de mi marido y mi corazón se estabiliza aunque estemos ascendiendo a 12 mil metros de altura. Si quieres pensar en esto en términos de una droga, pensar en mi marido probablemente enciende en mi cerebro una hormona de vinculación llamada oxitocina y esto ¡apaga el miedo! ¡Qué inteligente!

Ley número dos. No hace tanto, la creencia era que las madres no debían coger a los niños porque les volvía debiluchos dependientes. De hecho, ahora sabemos que les hace más fuertes, más seguros de sí mismos. Pero muchos de nosotros seguimos creyendo que no deberíamos necesitar a nuestras parejas, que depender de otros es una debilidad. La ley número dos dice que nuestra necesidad de que estén disponibles para nosotros y nos respondan como si importásemos está programada en nuestro cerebro de mamífero (así que si eres una lagartija y me estás escuchando, esta charla no va contigo).

Nuestra capacidad para llegar a otros y utilizarlos como recurso —para calmarnos, para consolarnos, para apoyarnos— es una fortaleza. De hecho, probablemente sea ¡la mayor fortaleza de nuestra especie! Los más fuertes y resistentes de nosotros saben cómo recurrir a otros como recurso. Después del 11 de septiembre, quienes vivían cerca de las torres y pudieron recurrir a otros se recuperaron bien; no así quienes intentaron tratar solos con ese trauma. Las viudas que saben que eran queridas se recuperan mejor de la pérdida de sus parejas. El amor nos hace más fuertes. Ley número dos: somos mejores juntos; amar y ser amado te hace más fuerte.

Ley número tres. Esta ley nos dice cuál es la esencia de una buena relación. Es cuando la respuesta a la pregunta: «¿Estás ahí para mí emocionalmente?», es: «¡Sí!, puedes contar con que responderé». Las parejas expertas saben cómo aproximarse el uno al otro, acercarse mutuamente y reparar los momentos de desconexión o daño. Una relación amorosa es un baile constante de sintonización mutua, momentos de encuentro, confusiones y errores, fallos y daños, reparación y volver entonces de nuevo a una conexión amorosa. Las parejas expertas crear un refugio seguro el uno para el otro, literalmente hacen descender mutuamente su ritmo cardiaco y reducen mutuamente sus hormonas de estrés.

En nuestro laboratorio observamos a las parejas reparar su relación después de años de angustia. Tienen una conversación Abrázame fuerte [título de uno de los libros de Sue] donde cada miembro de la pareja puede compartir vulnerabilidades y necesidades de un modo que ayuda al otro a acercarse y responder. La responsividad emocional es la clave de un vínculo seguro. En nueve estudios, estas conversaciones transformaron las relaciones y predijeron exitosamente la reparación de la relación al finalizar la terapia y años después. Por cierto, las parejas que tienen esta conexión emocional segura tienen mejor sexo; la clave para un gran sexo ¡es la seguridad emocional y no la novedad constante! Cuando te sientes seguro, ¡puedes jugar! Así que la ley número tres es: la sintonía emocional y la responsividad son la clave para una vinculación de refugio seguro; los dos miembros de la pareja pueden aproximarse y responder al otro.

Ley número cuatro. En realidad, el baile del amor no es tan complicado, solo existen tres movimientos clave predecibles. Ya tengas 5 ó 55 años, cuando te sientes desconectado, la tendencia natural es intentar llegar a tu ser amado, especialmente si te ha funcionado en el pasado. A veces, estas aproximaciones un poco tímidas y astutas. Como en: «Si no estás ocupado, me podrías ayudar a preparar el café». Si no se produce la reconexión, tenemos otras dos estrategias para tratar con nuestras ansias y miedos. Protestarás para obtener una respuesta, podrías enfadarte o volverte exigente, como en: «Nunca me ayudas a preparar el café». Si la conexión ha sido una decepción continua para ti, la única solución es desconectar y anestesiar tus sentimientos, como en: «Voy a salir a tomar un café. Te veo luego».

Les decimos a las parejas afligidas que el baile normal de desconexión es cuando uno demanda una respuesta, pero de una manera enojada que desconcierta al otro, y el otro se siente indefenso y retrocede para evitar el daño. La misma música emocional de abandono y rechazo suena para los dos. La conexión es tan fundamental para nuestra supervivencia que la crítica de nuestra pareja se codifica de la misma manera y en el mismo lugar del cerebro que el dolor físico; ambos son señales de peligro. El conflicto crónico en las relaciones tiene que ver todo con la soledad y la desconexión que los miembros de la pareja no saben cómo superar. Las parejas que acabo de describir realmente no están peleando por el café. Cuando las parejas entienden que ambos están solos y tienen miedo, se pueden consolar mutuamente en la tormenta y encontrar su camino a casa. Ley número cuatro: Los movimientos que forman el baile de la vinculación son aproximarse y responder, presionar y exigir o apartarse para anestesiar el dolor y el ansia.

Así que sabemos qué es el amor, sabemos por qué importa, qué hace por nosotros y qué respuestas construyen o rompen nuestras relaciones amorosas. Esta revolución silenciosa ha ocurrido enteramente en los últimos 20 años. Pero ¿puede durar el amor? Los datos indican que si sabes cómo hacerlo, puede durar. Los escáneres cerebrales nos dicen que los cerebros de algunas parejas que llevan juntas mucho tiempo responden de la misma manera, con la misma excitación que las nuevas parejas cuando ven fotografías de sus seres amados. Si os aproximáis y cogéis mutuamente para enfrentar juntos a los dragones de la vida, cada dragón con el que os enfrentéis fortalecerá el vínculo de confianza y amor entre vosotros. Podemos tener las relaciones amorosas y duraderas que todos anhelamos, pero solo si aprendemos el sentido del amor [en inglés, Love sense, otro de los libros de Sue]. Hemos solucionado el misterio llamado amor, y podemos aprender a darle forma. Esta es la puerta de entrada a una mayor felicidad, a una mejor salud mental y física, y la manera de fomentar adultos, relaciones y familias más seguras, resilientes y confiadas en sí mismas.

Utilicemos la ciencia para sacar el mayor provecho de nuestras vidas, para empezar así [una foto de un bebé en los brazos de un adulto] y avanzar hacia esto [una foto de una pareja mayor abrazada y claramente enamorada].