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3 pasos para romper el círculo de la discusión: sé accesible, responde, implícate


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Por Vagdevi Meunier (doctora en Psicología; miembro del Consejo Asesor de Mindfulness Gijón)

Trad. Ben Carral

Vagdevi MeunierEn una sesión de terapia de pareja reciente compartieron conmigo una conversación significativa:

El sonido del teléfono interrumpió el ensueño de George mientras navegaba en su portátil.

«¿Hola?»

Era su esposa, Alice. Pudo oír un matiz en su voz. «Ansiosa», pensó.

«Hola, cariño, me alegra mucho poder localizarte», dijo Alice. «Estoy terriblemente perdida y no puedo encontrar señales indicadoras en ninguna parte.»

«¿Dónde estás?»

«En River Place.»

Estaba muy al sur de la ciudad. Eran casi las nueve de la noche.

«¿Qué demonios estás haciendo tan lejos de la ciudad?»

«Eso no importa», dijo. «¡Necesito tu ayuda!»

George suspiró y puso los ojos en blanco. Era tan típico. Ella hace algo disparatado y luego le llama para rescatarla. Buena cosa que ella no pudiera ver sus ojos en blanco; aunque probablemente oyó su suspiro.

«Vale, ¿qué pasa?»

«Estoy en un cruce y solo está señalizada una de las calles», dijo Alice. «Si te digo el nombre, ¿puedes buscarla y decirme que camino debo coger para volver a la autopista y a casa?»

«¡Ah!, te compré un GPS caro», dijo George. «¿Por qué no lo utilizas?»

La ansiedad de Alice se transformó en exasperación.

«¿Podemos NO tener ahora esa conversación?», dijo ella. «Estoy cansada y un poco asustada. Solo necesito volver a la autopista.»

«¡Ah!, ¿qué conversación estamos teniendo?», dijo George. «Eres TÚ la que me has llamado, no al revés.»

«Ya lo sé, pero no quiero hablar de por qué no tengo el GPS», dijo Allice. «Solo quiero saber qué camino debo coger.»

Pronunció cada palabra como un golpe.

«Así que piensas que puedes llamarme sin más, sacarme de lo que esté haciendo, pedirme algo como llovido del cielo y ¿no puedo hacerte ninguna pregunta?», dijo él levantando la voz. No iba a dejar que ella le pasara por encima otra vez.

La voz de Alice se rompió, sonaba a punto de llorar.

«¿Por qué estás haciendo esto?», dijo ella. «No estás entendiendo lo que necesito. ¿Podemos,  POR FAVOR, dejar de discutir? Realmente necesito tu ayuda.»

«Vale, bien», dijo él. «¿Cuál es la calle?»

George odiaba cuando ella se volvía emocional, y parecía que en aquellos días ella se volvía emocional por pequeñas cosas. Él pensaba que se merecía un poco de reconocimiento por ayudarla, pero siempre parecía tratarse de lo que él hacía mal, no de lo que hacía bien.

Esta es la historia que Alice contó en nuestra primera sesión después de la conversación telefónica. Yo sabía que ella quería que arbitrara esta pelea. Pero es una invitación habitual en terapia de pareja, y una a la que me resisto tanto como puedo.

Facilita y guía, no juzgues

Había que comprender su relación. Mi trabajo era facilitar y guiar, no juzgar, evaluar o declarar quién tenía razón.

Al escuchar la historia de Alice, oía un estribillo familiar. Así es como suena habitualmente. Una mujer se vuelve hacia su marido, se acerca a él, le pide apoyo y se siente criticada y juzgada; no solo por pedirle algo, sino por la forma de hacerlo, por si la petición es razonable, por si la respuesta es obvia para cualquiera con un cociente intelectual medio, etc.

Uno de los miembros de otra pareja lo había explicado de esta manera: «Pregunto y siento como si todas las respuestas terminaran con un silencioso “¡Obvio, estúpida!”».

Cuando Alice contaba su experiencia, sonaba incrédula, como si dijera: «¿Puedes creer cómo me trata? ¿Puedes creer lo mal que me hace sentir por pequeñas cosas?».

No pensé que George la tratara mal, y Allice iba a descubrir pronto que no me iba a poner de su parte. Verás, en la mayoría de los casos, cuando escucho a una pareja contarme sus peleas, puedo ver realmente las dos partes. Era muy claro para mí que George se sentía enfadado y explotado, y también podía ver, con la misma claridad cristalina, por qué le dolió tanto a Alice su respuesta. En estas situaciones, mi trabajo es facilitar una mejor comunicación matrimonial mediante una exploración y un diálogo entre los miembros de la pareja que les permita ver que ambas «realidades subjetivas» (como las llama John Gottman) tienen sentido.

En este incidente particular, también recurrí al excepcional trabajo de la doctora Sue Johnson, otra investigadora y clínica pionera en el campo de la terapia de pareja, que ha escrito extensamente sobre este preciso tema. A través de la teoría del apego, una teoría desarrollada por John Bowlby (1907-1990) sobre el apego madre-hijo y ampliada más tarde al apego adulto, la doctora Johnson explica que necesitamos y queremos depender de nuestros compañeros primarios.

Cuando nos sentimos asustados o estresados, o simplemente hemos perdido el equilibrio o estamos perdidos con algo, nos sentimos mucho más confiados de nuestra capacidad para gestionarlo si podemos alcanzar  a un ser querido afectuoso que comparta la experiencia con nosotros, nos tranquilice y nos ofrezca su apoyo. Por esta razón, las personas con enfermedades cardiovasculares tienen resultados más saludables si la calidad de su relación primaria (con un ser amado) es segura y positiva.

Tres pasos: accesibilidad, responsividad, implicación

La palabra clave aquí es cuidar. Volvamos a la historia de Alice y examinémosla a través de la teoría del apego. En particular, utilizaremos la respuesta en tres pasos de la doctora Johnson que es la marca distintiva de las relaciones de apego seguro. Los tres pasos o habilidades emocionales son la accesibilidad, la responsividad y la implicación.

En este contexto, accesibilidad significa «¿Estás ahí para mí cuando intento llegar a ti?».

Ayudé a Alice a ver que su relación con George no eran TODO malas noticias. Ella confía en él y él intenta ayudarla siempre que lo necesita. Si no fuera así, él no sería el primer número al que llamó en aquella noche oscura. Ella podía contar con la accesibilidad y disponibilidad de él. Él responde a sus llamadas sin importar cuándo llame y siempre parece tener tiempo o buscarlo para ella cuando necesita su ayuda.

Pasando a George, le pregunté si era cierto. Ya estaba asistiendo con la cabeza, así que supe que seguía la pista adecuada. George respondió a mi pregunta diciendo que si la llamada era de su mujer, respondería aunque estuviese en medio de una reunión. Inmediatamente siguió diciendo lo frustrado que está porque ella no parece apreciarlo, no se da cuenta de que le llama siempre a horas inusuales y espera que él esté a su entera disposición sin apenas dar las gracias al final. Intento detenerlo y redirigirle amablemente.

Las irritaciones y resentimientos hacia nuestras parejas, especialmente después de un incidente negativo, pueden estar tan a flor de piel que no necesitemos mucho para subirnos a ese tren. Pero ese tren no lleva a ningún lugar bueno en un matrimonio. De hecho, el tren del resentimiento y la actitud defensiva a menudo acelera y simplemente se cae por el acantilado. Si queremos que nuestras conversaciones produzcan intimidad y comprensión, necesitamos activar los frenos cuando intentamos comprender o procesar un suceso pasado para que no volvamos a pelear.

Me volví hacia George y le ayudé a entender que aunque es accesible y está fácilmente disponible para ayudar a Alice, no fue muy responsivo emocionalmente en este altercado. Responsividad significa que escuchas, empatizas y comprendes lo que pido y me das justo lo que pido, nada más ni nada menos.

Es difícil en relaciones antiguas e íntimas. Pensamos que conocemos a nuestras parejas tan bien que podemos terminar sus frases y anticipar sus necesidades. Pero actuar así puede desempoderar a nuestras parejas y, de hecho, hacer que les resulte difícil apreciar la buena acción que estamos llevando a cabo.

En el matrimonio, la responsividad trata acerca de escuchar con nuestros corazones y nuestras mentes, y sintonizar con nuestras parejas para que podamos medir y ajustar la dosis de nuestra respuesta a la intensidad de la necesidad. De hecho, nada más escucharla, George leyó acertadamente las pistas en la voz de Alice. Supo que sonaba ansiosa. Lo que no hizo fue conectar con esa otra parte de sí mismo que le estaba dirigiendo a permanecer sintonizado con ella y ver lo que necesita. Hizo descarrillar la petición de ella con preguntas propias sobre dónde estaba y por qué no tenía su GPS. Se enfadó cuando ella intentó redirigirle en vez de reconocer que estaba asustada; ella no podía responder a sus preguntas irrelevantes. En realidad no es culpa de George ni de Alice. Los dos se afectan mutuamente de manera que cuando George suena impaciente, Alice se pone más ansiosa y se asusta más, pero ella no le permite saber a él que está asustada; su respuesta suena más como crítica que como asustada. Este baile negativo es una programación habitual en su relación, y necesitan trabajar sistemáticamente en ella para cambiarla.

La última habilidad, la implicación emocional, trata del interés y participación genuinos que tenemos en la experiencia de nuestra pareja. La frase para recordar es que cuando estamos contra la pared, enfrentar al dragón junto a un compañero nos da mucho más valor y tenacidad que enfrentarlo solo. Pero el compañero que necesitamos en ese momento no es un robot desinteresado e informativo. Si eso fuera todo lo que necesitamos, Alice habría llamado a la policía local o a la patrulla de carretera.

Buscar la empatía de una pareja

Buscamos a nuestras parejas íntimas y a nuestros familiares porque pensamos que ellos se preocupan realmente por lo que estamos pasando. Alice no solo quería indicaciones, sino un aliado empático que calmara su sistema nervioso y le ayudase a no sentirse tan estúpida por haberse perdido. Alice ya se había reprimido a sí misma por no llevar el GPS con ella y por acceder a una reunión tan tarde y tan lejos de la ciudad. No necesita que George le ayudase a aprender ESA lección.

Lo que necesitaba de George era un sentido de experiencia compartida, y quizá unas palabras tranquilizadoras que le hicieran saber que a él le agradaba que ella le buscase. Y ayudándola sin juzgarla, también le comunicaría el mensaje de que su dilema no era irrazonable. No hacía falta que George dijera ninguna de estas cosas explícitamente. Si hubiera respondido con calma y palabras tranquilizadoras, y le hubiese dado las indicaciones con voz amable, Alice habría leído en ello toda la seguridad y consuelo que necesitaba. Habría bebido profundamente de su compasión para apagar el gran incendio que había en su cabeza. Si George hubiera podido compartir compasivamente la experiencia de ella diciendo: «Tienes razón, esa parte de la ciudad no está nada bien señalizada», el cerebro de Alice se podría haber iluminado de felicidad. La validación de su pareja es el regalo más profundo que él podría ofrecerle, pues eso le habría indicado a Alice que no estaba loca y le habría permitido activar su propia sabiduría de modo que podría haber utilizado sus propios recursos para guiarse de vuelta a casa.

Lo más importante

Al final, déjame que lo reitere, no fue culpa de nadie que sucediera este incidente. Alice debía apreciar la accesibilidad de George y finalmente su ayuda, sin importa lo a regañadientes que se la diese. También debía confiar en que las intenciones de él no eran maliciosas. Respondía impacientemente porque las reacciones de ella daban forma a las de él, y viceversa.

George debía apreciar que Alice confíe en él y debía comprender que, a pesar de sus intenciones, su habilidad para transmitirle a ella empatía y comprensión era tan importante como sus habilidades de navegación. Sin embargo, lo más importante es que Alice y George comprendan una cosa. Todos entramos en estos bucles negativos con nuestras parejas. Es inevitable cuando hay tanto en juego como en las relaciones amorosas. Los percances en la comunicación matrimonial también son inevitables.

Lo más importante es perdonarnos a nosotros mismos y el uno al otro por ser imperfectos, ver el esfuerzo que se esconde detrás del percance y ser capaces de construir intimidad incluso a partir del caos. Como dice John Gottman: «En el peor conflicto se encuentra el potencial para la intimidad más grande», si somos conscientes y tenemos la voluntad de aprovecharlo.

Fuente:
Vagdevi Meunier, «3 Steps to Break the Argument Cycle: Access, Respond, Engage», en Nationalmarriageseminars.com, 9 de febrero de 2015, visita: 22 de febrero de 2015, trad. Ben Carral.

El verdadero secreto para tener un gran día de San Valentín (¡no son los bombones!)


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Por Sue Johnson (doctora en Psicología; referente del Mindfulness Gijón)

Trad. Ben Carral

Sue JohnsonDe media nos gastamos más de 100$ en el día de San Valentín, nuestra orgía de sentimentalismo de mediados de invierno. Y la ciencia demuestra que nuestros corazones están en la senda acertada. Más allá de las flores y los bombones, el día de San Valentín ofrece bendiciones a las parejas.

Ahora mismo, los norteamericanos están ocupados enviando 190 millones de tarjetas (algunas cursis, otras sinceras) y despilfarrando hasta mil millones de dólares en dulces empalagosos. Todo comenzó como una salvaje fiesta pagana llamada de las Lupercales, tan popular que los cristianos tempranos no se pudieron resistir a requisarla y cambiarla de nombre. Lo hicieron en el siglo V, valiéndose de un hombre llamado Valentín, que fue ejecutado por el emperador Claudio II por celebrar matrimonios clandestinos. Bueno, estaba desanimando a los hombres de unirse al ejército de Claudio.

El día de San Valentín tiene un gran impacto en las relaciones. Los terapeutas de pareja se preparan para la precipitación de personas enfurecidas porque no obtuvieron una tarjeta, una caja de bombones o sexo perfecto de sus parejas. Pero no todo son ventas y sentimientos extraviados.

¿El día de San Valentín y la ciencia? ¡Créelo!

Si miramos a través del objetivo de la nueva ciencia del amor y la vinculación, esta fiesta adquiere todo un nuevo significado. Ante todo somos mamíferos que se vinculan; programados biológicamente para vivir en una red de apoyo y conexión en la que otros acuden cuando les llamamos. Habitualmente, estos otros irreemplazables son nuestros compañeros sexuales. Es más probable que nos vinculemos con las parejas sexuales; después de todo, en el orgasmo nos vemos inundados por hormonas vinculantes como la oxitocina. El día de San Valentín se nos empuja amablemente a celebrar y reconocer lo que para la mayoría de nosotros es nuestro vínculo adulto más fuerte, el corazón de nuestra familia: la conexión con nuestra pareja. En un mundo ocupado y construido para la distracción y la desconexión, señalar un día en el que acordemos en masa prestar atención a nuestras relaciones amorosas tiene que ser una buena idea.

¿Por qué importa el tiempo de estar juntos?

Esta clase de celebración, sentimentaloide o no, es más importante que nunca. Dependemos de nuestras parejas para la conexión social en una medida que le habría resultado extraña a la generación de mi abuela. Probablemente, ella se pasaba tres horas al día hablando con otros, y tenía cerca de una docena de amigas y una familia a las que acudir y en quienes confiar, mientras que nosotros pasamos cada vez menos tiempo interactuando cara a cara y el número de personas a las que poder confiarnos se encuentra en una trayectoria descendente constante. El aislamiento y la soledad se encuentran en el máximo histórico y sabemos que (para los mamíferos vinculantes) estar aislados es vivir ¡en un estado de amenaza crónica!

Para muchos de nosotros, nuestra pareja es nuestra única relación de refugio seguro; nuestro único parachoques contra los efectos tóxicos de la separación no deseada. En la investigación de escaneo cerebral descubrimos que, incluso cuando estás esperando una descarga eléctrica en los tobillos, una vez que se establece un vínculo de refugio seguro, simplemente coger la mano de tu pareja hace que tu cerebro pase de una excitación de alerta roja a un estado de calma tranquila, y reduce el dolor físico de la descarga.

Celebra la intimidad

Las relaciones íntimas son dignas de celebrarse. Son nuestro mayor recurso. La evidencia científica ha descubierto de manera aplastante que un vínculo amoroso es la mejor receta para casi todo lo que hace que merezca la pena vivir, incluidas la salud física y la salud mental, la resiliencia al estrés y un sentido fuerte del yo. Incluso parece que estos vínculos nos ofrecen ¡el mejor antídoto contra el envejecimiento! Una de las grandes lecciones de la revolución en la ciencia de las relaciones es que las personas que se aman tienen más impacto la una en la otra de lo que Hollywood nunca imaginó.

Más barato (y más preciado) que los bombones

En una sesión de terapia de pareja, Tracy le dice a Mike: «No necesito la gran caja de bombones. Necesito esos besos lentos en la frente por la mañana, y esa voz que utilizas para decir mi nombre nada más que llegas a casa. Necesito que me busques después de una pelea y que me demuestres que soy lo bastante especial como para que te arriesgues a acercarte de nuevo. Necesito sentir la tranquilidad de que soy la mujer especial para ti, incluso cuando me siento baja y pequeña. Solo tú puedes hacerlo». Mike se ríe: «Voy a escribir lo que me acabas de decir y lo podemos convertir en mi promesa de San Valentín para ti. Más barato que los bombones, más duradero que las flores. Puedo hacer todo eso».

Lo que sabemos por nuestros años de investigación es que si Mike puede responder a su mujer de esta manera, con una conexión emocional centrada y abierta, y si ella puede pedir lo que necesita, lo más probable es que tengan una vida de San Valentines. Y eso bien merece una celebración salvaje y muy sentimental.

Fuente:
Sue Johnson, «The Real Secret To Having A Great Valentine’s Day (It’s Not Chocolate!)», en Mindbodygreen.com, 12 de febrero de 2014, visita: 13 de febrero de 2015, trad. Ben Carral.

Nuestra felicidad no está en el interior


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Nuestra felicidad no está en el interior

Por Ben Carral (profesor de meditación y relaciones saludables; director del Mindfulness Gijón)

Nuestra felicidad no está en el interior para que cada uno la encontremos mirándonos el ombligo, sino en nuestras relaciones con los demás para que la construyamos juntos mirándonos a los ojos, incluida esa persona especial a la que abrazarnos fuerte y con la que envejecer de la mano, nuestro refugio seguro.

Cuando se trata de relaciones duraderas, olvida la palabra amor


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Por Judy Gerstel (escritora)

Trad. Ben Carral

Sue JohnsonCariño mío, mi pareja de vínculo, estoy tan conectada contigo.

Cuando se trata de relaciones que duran, olvida la palabra amor.

Mucho más significativas son las palabras apego, vínculo y conexión.

Lo que te gustaría escuchar de tu pareja el día de san Valentín, o cualquier otro día, no es necesariamente: «Te amo».

Lo que realmente quieres escuchar es: «Estoy profundamente apegado a ti».

El verdadero amor romántico es un vínculo de apego, parecido al amor que existe entre padres e hijos, dice Sue Johnson (doctora en Psicología) en su último libro: Love Sense: The Revolutionary New Science of Romantic Relationships [Sentido del amor: la nueva ciencia revolucionaria de las relaciones románticas].

«Las parejas seguramente apegadas tienen esta conexión y flujo emocional», explica la terapeuta de parejas de Ottawa y desarrolladora de la Terapia Focalizada en las Emociones.

«Se vuelven el uno hacia el otro, sintonizan, se abren y se acercan a la otra persona. Se muestran a sí mismos y responden a la otra persona. A veces, uno de ellos conduce y el otro sigue; otras veces es al revés.»

Si amor es la palabra escogida para expresar esa conexión, también está bien.

Pero si solo se trata de lujuria y química sexual sin el contexto de la vinculación emocional, Johnson sugiere que las palabras «te amo» no valen mucho.

Reconoce que no siempre resulta fácil expresar y reconocer un apego profundo hacia otra persona. Nos puede hacer sentir dependientes y vulnerables.

Especialmente porque se nos dice que «los adultos deberían ser independientes y si no lo son, resultan débiles y patéticos».

Hasta cierto punto siempre ha sido cierto para los hombres. Más recientemente, las mujeres también son animadas, por el movimiento feminista, a ser autosuficientes y no sentir la necesidad de un hombre en sus vidas.

Johnson tiene palabras contundentes sobre ello.

«Enseñar a las personas a sentir vergüenza de sus necesidades de dependencia es información tóxica», insiste. «¿De dónde demonios sacamos la idea de que, por alguna razón, se supone que debemos vivir sin emociones y necesidades?» Admite: «Mi profesión ha tenido un montón de palabras para eso: codependiente, involucrado, no diferenciado».

Pero Johnson y sus colegas tomaron un camino diferente.

«Se nos consideraba raros porque dijimos: “¡No! ¡Los seres humanos no somos así! Ser capaces de tratar con estos sentimientos y utilizar el anhelo de conectar con otras personas es una fortaleza. Y si no puedes admitir o expresar tus necesidades de conexión, se trata de una receta para el aislamiento.»

Prosigue (es vehemente sobre la falsa información sobre la dependencia): «Cuando evitas depender de nadie, eso no es libertad. ¡Es un suicidio! ¡Es estúpido!».

Dice que puede citar investigaciones que demuestran que «funcionamos mejor física y mentalmente, y tratamos mejor con el estrés, cuando tenemos unas pocas conexiones emocionales poderosas con personas que acudirán cuando las necesitemos».

Como dice la canción [de Barbra Streisand], las personas que necesitan personas son las más afortunadas de todas.

Fuente:
Judy Gerstel, «When It Comes to Lasting Relationships, Forget the L Word», en Everythingzoomer.com, 14 de febrero de 2014, visita: 5 de febrero de 2015, trad. Ben Carral.

¿Qué es la emoción?


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Por Sue Johnson (doctora en Psicología; referente del Mindfulness Gijón)

Trad. Ben Carral

Sue JohnsonDesconfiar en la emoción ha sido un sello distintivo de la sociedad occidental desde hace mucho. Como mínimo se remonta a los días de los antiguos griegos, cuando los filósofos estoicos argumentaban que las pasiones eran destructivas, incluido el amor, y que tenían que ser contenidas por el intelecto y la moral. A lo largo de los años, la emoción se ha visto principalmente como un atributo de nuestra naturaleza animal base, primitiva y sensorial. Después de todo, sentimos la emoción; es una fuerza visceral. La razón, en contraste, eliminada del cuerpo y residente «en la cabeza», se ha visto como evolutivamente superior, un reflejo de nuestro yo espiritual más elevado. Debemos elevarnos por encima de la emoción si queremos ser una sociedad verdaderamente civilizada. La crítica social Marya Mannes [(1904-1990)] lo expresó sucintamente: «El signo de un pueblo inteligente es su capacidad para controlar las emociones mediante el uso de la razón».

El caso contra la razón parece provenir de dos factores: su poder imparable (ciertamente nos puede sorprender en menos de un segundo) y su aparente aleatoriedad y falta de lógica. La investigación ofrece ahora una visión muy diferente. En realidad, la emoción es el sistema exquisitamente eficiente de la naturaleza para procesar la información y señalizar, diseñado para reorganizar rápidamente el comportamiento en el interés de la supervivencia.

La emoción nos informa de que está ocurriendo algo vital para nuestro bienestar. Somos bombardeados por cientos de miles de estímulos cada segundo de cada día. La emoción ordena el aluvión automática y reflejamente, seleccionando lo que importa y dirigiéndonos a la acción adecuada. Nuestros sentimientos nos guían en asuntos grandes y pequeños; nos dicen lo que queremos, cuáles son nuestras preferencias y lo que necesitamos. Escogemos helado de pistacho en vez de vainilla porque tenemos un mejor sentimiento hacia él. La investigación con personas que han sufrido daños cerebrales demuestra que sin la emoción para guiarnos, no tenemos brújula. Nos vemos privados de dirección y no tenemos nada que nos mueva hacia una opción en vez de hacia otra. Nos atascamos considerando todas las posibilidades.

La emoción es el motivador más fuerte. Lo queramos o no, llega y nos estimula a actuar, incluso nos obliga. La palabra emoción deriva del latín movere, que significa «mover hacia fuera». Vemos su poder con más claridad cuando sentimos que nos encontramos en peligro físico. Si nos embiste un perro rabioso o un rinoceronte descontrolado, sentimos miedo y nos largamos en dirección contraria. Charles Darwin [(1809-1882)], el primer científico en señalar el valor de la emoción para la supervivencia, visitaba frecuentemente el zoo de Londres para pararse delante del terrario de la víbora. Sabía que mirar a la serpiente a los ojos haría que atacase. También sabía, en cuanto ser racional, que se encontraba perfectamente seguro, pues la víbora estaba detrás del cristal. Darwin miraba fijamente, determinado a no moverse, pero sin importar las veces que se probase a sí mismo, siempre retrocedía cuando el reptil atacaba.

La emoción nos puede incitar a actuar incluso cuando la supervivencia no parece ser un asunto urgente. Durante el 11-S, una mujer llamada Julie estaba trabajando en la Torre Sur del World Trade Center cuando el primer avión alcanzó la Torre Norte. Por los altavoces les dieron instrucciones, a sus colegas y a ella, de que se quedaran en sus oficinas de la planta número ochenta. Pero abrumada de miedo, se puso a bajar las escaleras. Había llegado a la planta sesenta y uno cuando el segundo avión alcanzó su edificio. Ella consiguió llegar a casa. Por supuesto, la emoción no es un sistema de alarma infalible, como demuestra la experiencia de Darwin. Julie podría haber realizado el cálido y ansioso descenso de ochenta plantas para nada. Pero en la supervivencia, los falsos positivos son siempre más valiosos que los falsos negativos. Te irá mejor prestando atención a una emoción de advertencia que ignorándola. Como señaló George Santayana [(1863-1952)], a menudo es «sabiduría creer al corazón».

La emoción también es la gran comunicadora. Da vueltas en nuestros cuerpos y sale hacia fuera, lo queramos o no, como señales para los demás. Estimula nuestro propio comportamiento y transmite a los demás nuestras necesidades más profundas, lo mismo que a nosotros las de ellos. En este aspecto, resulta vital para nuestras relaciones amorosas. Nuestra pareja es central para nuestro sentido de seguridad. ¿Cómo nos puede cobijar, ser nuestro refugio seguro, si no sabe de qué tenemos miedo y qué anhelamos profundamente? La emoción es la música del baile entre las personas que se aman; nos dice dónde poner los pies, y le dice a nuestra pareja dónde poner los suyos.

Difundimos la emoción principalmente a través de nuestras expresiones faciales y tono de voz, y recogemos y comprendemos esas señales instantáneamente. Solo hacen falta 100 milésimas de segundo para que nuestro cerebro registre la mínima alteración en la cara de otra persona y solo 300 milésimas más para sentir en nuestro propio cuerpo lo que vemos en esa cara: para reflejar el cambio que vemos. La emoción es contagiosa; literalmente «agarramos» los sentimientos de los demás y sentimos lo que la otra persona está sintiendo, y esta es la base de la empatía.

Fuente:
Sue Johnson, Love Sense: The Revolutionary New Science of Romantic Relationships [Sentido del amor: la nueva ciencia revolucionaria de las relaciones románticas], Little, Brown and Company, 2013, trad. Ben Carral.

Se ha descubierto la causa probable de la adicción, y no es la que piensas


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Por Johann Hari (escritor y periodista)

Trad. Ben Carral

Johann HariHan pasado 100 años desde que se prohibieron las drogas por primera vez, y durante todo este siglo de hacerle la guerra a las drogas, nuestros profesores y gobiernos nos han contado una historia acerca de la adicción. Esta historia se encuentra tan arraigada en nuestras mentes que la damos por sentada. Parece obvia. Parece manifiestamente cierta. Yo también la creía hasta que, hace tres años y medio, empecé un viaje de 48.000 kilómetros para mi nuevo libro: Chasing The Scream: The First and Last Days of the War on Drugs [Persiguiendo el grito: los primeros y últimos días de la guerra contra las drogas], para averiguar qué hay realmente detrás de la guerra contra las drogas. Pero lo que aprendí en el camino es que casi todo lo que nos han contado acerca de la adicción es erróneo, y nos espera una historia muy diferente si estamos listos para escucharla.

En el caso de que absorbamos realmente esta nueva historia, tendremos que cambiar mucho más que la guerra contra las drogas. Nos tendremos que cambiar a nosotros mismos.

Lo aprendí de una extraordinaria mezcla de personas con las que me encontré en mis viajes. Desde amigos aún vivos de Billie Holiday [(1915-1959)], que me ayudaron a conocer cómo el fundador de la guerra contra las drogas la persiguió y ayudó a matarla. Pasando por un doctor judío que escapó de niño del gueto de Budapest para descubrir de mayor los secretos de la adicción. A un traficante de crack transexual de Brooklyn que fue engendrado cuando su madre, una adicta al crack, fue violada por su padre, un agente de la policía de Nueva York. Y un hombre al que una dictadura torturadora recluyó durante dos años en el fondo de un pozo para terminar siendo elegido presidente de Uruguay y empezar los últimos días de la guerra contra las drogas.

Tenía una razón muy personal para salir en busca de estas respuestas. Uno de mis primeros recuerdos de niño es intentar despertar a uno de mis parientes, y no ser capaz de hacerlo. Desde entonces le he estado dando vueltas al misterio esencial de la adicción: ¿Qué hace que algunas personas se obsesionen tanto con una droga o un comportamiento que terminen siendo incapaces de dejarlo? ¿Cómo podemos ayudar a que estas personas vuelvan con nosotros? Mientras crecía, otro de mis parientes cercanos desarrolló una adicción a la cocaína, y tuve una relación con un adicto a la heroína. Supongo que la adicción me resulta muy familiar.

Si me hubieras preguntado al principio qué causa la adicción, te habría mirado como si fueses idiota y te habría dicho: «Las drogas; obvio». No es difícil de entender. Pensaba que lo había visto en mi propia vida. Todos lo podemos explicar. Imagina que tú, yo y las próximas 20 personas que pasen a nuestro lado por la calle tomemos una droga realmente potente durante 20 días. Esta droga contiene fuertes ganchos químicos, por lo que si dejáramos de tomarla el día 21, nuestros cuerpos necesitarían la sustancia química. Tendríamos un anhelo feroz. Seríamos adictos. Eso es lo que significa la adicción.

Una de las maneras en que esta teoría se estableció por primera vez fue a través de experimentos con ratas, inyectados en la mente estadounidense en la década de 1980, en un famoso anuncio de la Partnership for a Drug-Free America [Asociación por un Estados Unidos Libre de Drogas]. Puede que lo recuerdes. El experimento es sencillo. Pones a una rata en una jaula, sola, con dos botellas de agua. Una es solo agua. La otra es agua con un poco de heroína o cocaína. Casi siempre que realizas el experimento, la rata se obsesiona con el agua con droga y sigue volviendo a por más y más, hasta que se mata.

El anuncio explica: «Solo una droga es tan adictiva, nueve de cada diez ratas de laboratorio la consumen. Y la consumen. Y la consumen. Hasta que mueren. Se llama cocaína. Y te puede hacer lo mismo a ti».

Pero en la década de 1970, un profesor de Psicología de Vancouver llamado Bruce Alexander se dio cuenta de algo extraño acerca del experimento. A la rata se le pone en una jaula totalmente sola. No tiene nada más que hacer que tomar la droga. ¿Qué pasaría, se preguntó, si lo probáramos de manera diferente? Así que el profesor Alexander construyó Rata Park. Es una jaula lujosa donde las ratas tienen pelotas de colores, la mejor comida para ratas, túneles para lanzarse y un montón de amigos; todo lo que una rata podría desear. Alexander quería saber qué pasaría.

Obviamente, en Rata Park, todas las ratas probaron las dos botellas de agua, porque no sabían qué había en ellas. Pero lo que sucedió después fue asombroso.

A las ratas con buenas vidas no les gustó el agua con droga. En su mayor parte la rechazaron, consumiendo menos de un cuarto de las drogas que habían consumido las ratas aisladas. No murió ninguna de ellas. Mientras que todas las ratas que estaban solas e infelices se volvieron consumidoras fuertes, no sucedió lo mismo con ninguna de las ratas que tenían un entorno feliz.

Al principio pensé que se trataba meramente de un rasgo de las ratas, hasta que descubrí que se estaba llevando a cabo (al mismo tiempo que el experimento de Rata Park) un útil equivalente humano. Se llamó la guerra de Vietnam. La revista Time informó que entre los soldados estadounidenses la heroína era «tan común como el chicle», y existe una evidencia sólida para respaldarlo: entorno al 20% de los soldados estadounidenses se volvió allí adicto a la heroína, según un estudio publicado en Archives of General Psychiatry [Archivos de Psiquiatría General]. Comprensiblemente, muchas personas se aterrorizaron; creían que un enorme número de adictos iba a volver a casa cuando terminase la guerra.

Pero de hecho, según el mismo estudio, entorno al 95% de los soldados adictos simplemente lo dejaron. Muy pocos fueron a rehabilitación. Cambiaron de una jaula terrorífica a otra agradable, así que dejaron de querer las drogas.

El profesor Alexander argumenta que este descubrimiento es un profundo reto tanto para la visión de derechas de que la adicción es un fallo moral provocado por demasiada fiesta hedonista, como para la visión progresista de que la adicción es una enfermedad que sucede en un cerebro secuestrado químicamente. Argumenta, de hecho, que la adicción es una adaptación. No eres tú. Es tu jaula.

Después de la primera fase de Rata Park, el profesor Alexander llevo la prueba más allá. Volvió a repetir los experimentos tempranos, en los que se dejaba solas a las ratas y se convertían en consumidoras compulsivas de la droga. Les dejó tomarla durante 57 días; si algo te puede enganchar, es eso. Entonces las sacó del aislamiento y las puso en Rata Park. Quería saber si cuando caes en ese estado de adicción, tu cerebro se encuentra tan secuestrado que no te puedes recuperar. ¿Las drogas se apoderan de ti? Lo que sucedió es impresionante, de nuevo. Las ratas parecieron tener algunos tics de abstinencia, pero pronto detuvieron su consumo elevado y volvieron a tener una vida normal. Les salvó la jaula buena. (Las referencias completas a todos los estudios que estoy discutiendo se encuentran en el libro.)

Cuando descubrí esto por primera vez, me quedé perplejo. ¿Cómo puede ser? Esta nueva teoría es un asalto tan radical a lo que nos han contado que parece que no puede ser cierta. Pero cuantos más científicos entrevisté, y cuanto más consideré sus estudios, más cosas descubrí que no parecían tener sentido: a no ser que tengas en cuenta esta nueva aproximación.

Aquí va un ejemplo de un experimento que está sucediendo a tu alrededor, y que bien te podría suceder algún día. Si te atropellan hoy y te rompes la cadera, probablemente te den diamorfina, el nombre médico de la heroína. A tu alrededor, en el hospital, habrá muchas personas a las que también se les da heroína durante largos periodos para aliviar el dolor. La heroína que recibirás del médico será más pura y potente que la heroína utilizada por los adictos callejeros, que se la tienen que comprar a criminales que la adulteran. Así que si la vieja teoría de la adicción fuera cierta (la provocan las drogas y hacen que tu cuerpo las necesite), resulta obvio lo que sucedería. Montones de personas abandonarían el hospital e intentarían conseguir caballo en las calles para satisfacer su hábito.

Pero lo extraño es que casi nunca sucede. Como el doctor canadiense Gabor Mate me explicó por primera vez, los consumidores médicos simplemente lo dejan, a pesar de meses de consumo. La misma droga, utilizada durante el mismo periodo de tiempo, convierte a los consumidores callejeros en adictos y no afecta a los pacientes médicos.

Si sigues creyendo (como yo solía hacer) que la adicción es provocada por ganchos químicos, no tiene sentido. Pero si crees la teoría de Bruce Alexander, las piezas encajan. El adicto callejero es como las ratas en la primera jaula, aislado, solo, con una única fuente de consuelo a la que recurrir. El paciente médico es como las ratas de la segunda jaula. Se va a casa donde le espera una vida rodeado de personas que le aman. La droga es la misma, pero el entorno es diferente.

Esto nos ofrece una comprensión que va mucho más allá de la necesidad de comprender a los adictos. El profesor Peter Cohen argumenta que los seres humanos tenemos una necesidad profunda de vincularnos y crear conexiones. Así obtenemos nuestra satisfacción. Si no podemos conectar con otros, conectaremos con cualquier cosa que encontremos: el sonido de una ruleta girando o el pinchazo de una jeringuilla. Dice que deberíamos dejar totalmente de hablar de «adicción» y pasar a llamarla vinculación. Un adicto a la heroína se ha vinculado con ella porque no pudo vincularse tan plenamente con nada más.

Así que lo opuesto a la adicción no es la sobriedad. Es la conexión humana.

Cuando descubrí todo esto, encontré que poco a poco me fue persuadiendo, pero seguía sin poder sacudirme una molesta duda. ¿Estos científicos están diciendo que los ganchos químicos no suponen una diferencia? Me explicaron: Te puedes convertir en adicto al juego, y nadie creerá que te inyectas un mazo de cartas en las venas. Puedes tener toda la adicción y ningún gancho químico. Acudí a un encuentro de Jugadores Anónimos en Las Vegas (con el permiso de todos los presentes, que sabían que estaba allí para observar) y eran evidentemente tan adictos como los adictos a la cocaína y a la heroína que he conocido en mi vida. Sin embargo, no hay ganchos químicos en una mesa de dados.

Pero aun así, me pregunté, las sustancias químicas seguramente juegan un papel, ¿verdad? Resulta que existe un experimento que nos da la respuesta en términos muy precisos; lo descubrí en el libro de Richard DeGrandpre The Cult of Pharmacology [El culto de la farmacología].

Todo el mundo está de acuerdo en que fumar cigarrillos es uno de los procesos más adictivos. Los ganchos químicos del tabaco vienen de una droga en su interior llamada nicotina. Así que cuando se desarrollaron los parches de nicotina a principios de la década de 1990, hubo una gran ola de optimismo: Los fumadores de cigarrillos podrían tener todos sus ganchos químicos sin el resto de efectos sucios (y mortales) de fumar cigarrillos. Serían libres.

Pero la Dirección General de Salud Pública ha descubierto que solo el 17,7% de los fumadores de cigarrillos son capaces de dejarlo utilizando parches de nicotina. Es algo. Como esto demuestra, si las sustancias químicas están detrás del 17,7% de la adicción, siguen siendo millones de vidas arruinadas globalmente. Pero lo que revela una vez más es que la historia que nos han enseñado: que la causa de la adicción son los ganchos químicos, es cierta, sí, pero solo una pequeña parte de una situación mucho más grande.

Esto tiene enormes implicaciones para la centenaria guerra contra las drogas. Esta guerra masiva (que, como he visto, mata a personas desde las plazas de México a las calles de Liverpool) se basa en la afirmación de que necesitamos erradicar físicamente todo un conjunto de sustancias químicas porque secuestran los cerebros de las personas y causan adicción. Pero si las drogas no controlan la adicción (si, de hecho, es la desconexión la que controla la adicción), entonces no tiene sentido.

Irónicamente, la guerra contra las drogas en realidad incrementa todos esos controladores más importantes de la adicción. Por ejemplo, fui a una cárcel de Arizona (Tent City) donde los prisioneros son recluidos durante semanas en pequeñas jaulas de aislamiento de piedra («el agujero») para castigarles por consumir drogas. Es la recreación humana más parecida que puedo imaginar a las jaulas que garantizaban una adicción mortal en las ratas. Y cuando estos reclusos salgan de prisión, no conseguirán trabajo debido a su registro criminal, garantizando que se les aislará más todavía. Observé cómo sucedía esto en las historias humanas que encontré alrededor del mundo.

Existe una alternativa. Puedes construir un sistema diseñado para ayudar a los drogadictos a reconectar con el mundo, y de este modo dejar atrás la adicción.

No es algo teórico. Está sucediendo. Lo he visto. Hace casi 15 años, Portugal tuvo uno de los peores problemas de Europa con las drogas, con el 1% de la población adicta a la heroína. Habían intentado una guerra contra las drogas, y el problema solo seguía empeorando. Así que decidieron hacer algo radicalmente distinto. Resolvieron despenalizar todas las drogas, transferir todo el dinero que solían gastar en arrestar y encarcelar a los drogadictos para, en vez de ello, emplearlo en reconectarles: con sus propios sentimientos y con la sociedad en general. El paso más importante es conseguirles un alojamiento seguro y trabajos subvencionados para que tengan un propósito en la vida y algo por lo que salir de la cama. Observé mientras se le ayudaba, en clínicas cálidas y acogedoras, a aprender a reconectar con sus sentimientos, tras años de trauma y de acallarlos con drogas.

Un ejemplo que conocí fue el de un grupo de adictos al que se le concedió un préstamo para montar una empresa de mudanzas. De repente fueron un grupo, todos vinculados unos con otros, y con la sociedad, y mutuamente responsables de su cuidado.

Ahora se conocen los resultados de todo esto. Un estudio independiente del British Journal of Criminology [Revista británica de criminología] descubrió que, desde la despenalización total, la adicción ha caído y que el consumo de droga inyectada ha disminuido el 50%. Lo repetiré: El consumo de droga inyectada ha disminuido el 50%. La despenalización ha sido un éxito tan manifiesto que muy pocas personas en Portugal quieren regresar el viejo sistema. Allá en el año 2000, el principal activista contra la despenalización fue Joao Figueira, el policía jefe de narcóticos del país. Ofreció toda clase de advertencias terribles que esperaríamos del Daily Mail o de Fox News. Pero cuando nos sentamos juntos en Lisboa, me dijo que no había sucedido nada de lo que había predicho, y ahora espera que todo el mundo siga el ejemplo de Portugal.

No solo es relevante para los adictos a los que amo. Es relevante para todos nosotros, porque nos obliga a pensar diferente sobre nosotros mismos. Los seres humanos somos animales que crean vínculos. Necesitamos conectar y amar. La frase más sabia del siglo XX fue la de E. M. Forster [(1879-1970)]: «simplemente conecta». Pero hemos creado un entorno y una cultura que nos impide conectar, o que solo brinda la parodia de conexión ofrecida por internet. El aumento de la adicción es un síntoma de una enfermedad más profunda en nuestro modo de vida: dirigiendo constantemente la mirada hacia el siguiente objeto brillante que deberíamos comprar, en vez de hacia los seres humanos que nos rodean.

El escritor George Monbiot lo ha llamado «la era de la soledad». Hemos creado sociedades humanas donde a las personas les resulta más fácil que nunca aislarse de toda conexión humana. Bruce Alexander (el creador de Rata Park) me dijo que, desde hace mucho, hemos hablado exclusivamente de la recuperación individual de la adicción. Ahora necesitamos hablar de la recuperación social: de cómo no recuperamos todos, juntos, de la enfermedad de aislamiento que se está metiendo en nosotros como una niebla espesa.

Pero esta nueva evidencia no solo supone un reto político para nosotros. No solo nos obliga a cambiar nuestras mentes. Nos obliga a cambiar nuestros corazones.

Amar a un adicto es realmente duro. Cuando miraba a los adictos a los que amo, siempre fue tentador seguir el consejo de amor duro ofrecido por realities como Intervention [Intervención]: dile a los adictos que espabilen o corta con ellos. El mensaje es que se debe rechazar a un adicto que no lo deje. Es la lógica de la guerra contra las drogas importada a nuestras vidas privadas. Pero aprendí que, de hecho, eso solo conseguiría profundizar su adicción: y les podrías perder del todo. Volví a casa determinado a vincularme más fuerte que nunca con los adictos de mi vida, para hacerles saber que les amo incondicionalmente, tanto si lo dejan como si no pueden.

Cuando regresé de mi largo viaje, miré a mi ex novio, temblando en mi cama de invitados con el síndrome de abstinencia, y pensé sobre él de manera diferente. Desde hace un siglo hemos estado cantando canciones de guerra sobre los adictos. Mientras le limpiaba la frente, se me ocurrió que deberíamos haberles cantado canciones de amor desde el principio.

Fuente:
Johann Hari, «The Likely Cause of Addiction Has Been Discovered, and It Is Not What You Think», en Huffingtonpost.com, 20 de enero de 2015, revision: 23 de enero de 2015, visita: 31 de enero de 2015, trad. Ben Carral.

¿Por qué duele tanto cuando tu pareja no te responde?


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Por Jenev Caddell (doctora en Psicología)

Trad. Ben Carral

Jenev CaddellQuizá has estado allí: Quieres llegar al fondo de algo con tu ser amado y no obtienes respuesta. No tienes ni idea de cómo hacer para que tu pareja se abra. Experimentas frustración, incredulidad, ira e incluso puede resultar doloroso.

Te podrías cuestionar a ti mismo por qué permites que te moleste tanto, pero en realidad puede que este dolor simplemente sea el resultado de que eres humano. Este artículo verterá algo de luz sobre por qué puede resultar tan doloroso cuando tu pareja no te responde, de manera que puedas de dejar de ser duro contigo por ser tan «necesitado» y aprender más acerca de cómo tratar con este problema.

La ciencia detrás del amor romántico

Recientemente, gracias a investigadores y psicólogos como la doctora Sue Johnson, se ha descubierto una nueva ciencia del amor. Básicamente explica por qué las parejas hablan en términos de vida y muerte cuando tiene que ver con sentirse conectados el uno con el otro, y cómo hacer que el amor funcione. En sus propias palabras, tomadas de su best-seller Love Sense: The Revolutionary New Science of Romantic Relationships [Sentido del amor: la nueva ciencia revolucionaria de las relaciones románticas], Johnson escribe esto: «El primer y principal instinto de los seres humanos no es el sexo ni la agresión. Es buscar contacto y una conexión reconfortante».

Respaldada por la última investigación en neurobiología interpersonal, neurociencia y psicología, la nueva ciencia del amor compara el vínculo entre los dos miembros de una pareja romántica con el vínculo que existe entre una madre o un padre y un hijo. Al ser ignorado o no conseguir una respuesta, un miembro de la pareja recibe el mensaje de que no es importante y, probablemente, su cerebro entre en un pánico primordial y envíe señales de peligro al resto del cuerpo.

La nueva ciencia nos recuerda que, en cuanto humanos, somos criaturas sociales, y cuando se nos aisla de la tribu, es como si ya hubiéramos muerto. Incluso hoy, aunque tendemos a privilegiar nuestra inteligencia por encima de las emociones, no podemos ser más listos que nuestros instintos. A menudo, la tribu de alguien es su pareja, y cuando es desconectado, se puede sentir dolorido, asustado y amenazado de muerte en cierto nivel.

El mensaje aquí es que si sientes mucho dolor y frustración cuando no se te responde, no es que estés loco, simplemente eres humano.

El dolor social es real

El dolor emocional se registra en el mismo lugar del cerebro que el dolor físico. El dolor social y el dolor emocional son pistas para nuestros sistemas físicos de que algo ha ido mal. Ambos activan un sistema de alarma al que no podemos evitar atender. Porque somos criaturas sociales por naturaleza, cuando otro nos rechaza o nos abandona, especialmente un ser amado, literalmente nos hace daño. Lo que significa: Sabe que tu dolor es real. A pesar de todos los mensajes que podrías recibir diciendo otra cosa: No eres débil por sentir dolor cuando no se te responde.

Haz algo acerca de ello

No hay razón para que toleres una relación en la que no se te responde. Sin embargo, para tu pareja puede que probablemente esté sucediendo más por debajo de la superficie de lo que te das cuenta. Los dos podríais estar atrapados en un patrón que causa una desconexión en la que tú continúas presionando y tu pareja continúa apartándose. Por difícil que sea encontrarse en una relación definida por este patrón, existen salidas.

El libro de la doctora Sue Johnson Abrázame fuerte: siete conversaciones para un amor duradero (Hold Me Tight: Seven Conversations for a Lifetime of Love) es un recurso para ayudarte a entender esta interacción un poco más, y contactar con un buen consejero de parejas también puede resultar extremadamente útil para ayudaros a los dos a entenderos más el uno al otro.

Fuente:
Jenev Caddell, «Why is it so painful when your partner doesn’t respond to you?», en Mentalhealth.about.com, actualización: 28 de diciembre de 2014, visita: 25 de enero de 2015, trad. Ben Carral.

¿Qué es mindfulness?


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Por Ben Carral (profesor de meditación y relaciones saludables; director del Mindfulness Gijón)

Ben CarralAunque existen muchas definiciones de mindfulness (atención plena), podemos empezar revisando lo que Jonice Webb (doctora en Psicología) ha escrito recientemente en «Los cuatro descubrimientos psicológicos más importantes de 2014» (The Four Greatest Psychological Discoveries of 2014, diciembre de 2014, Psychcentral.com, trad. personal):

La conexión mente/cuerpo: 2014 fue el año de [la meditación] mindfulness. El concepto de mindfulness se ha transformado gradualmente de simplemente «estar en el presente» a una definición más compleja: «ser consciente de tus propios pensamientos y sentimientos en el momento». Esta nueva manera de ver mindfulness ha abierto puertas a nuevas áreas de investigación.

En 2014, estudio tras estudio ha demostrado que las personas conscientes (mindful) se encuentran en una posición ventajosa en diferentes maneras. De hecho, se ha descubierto que una mayor autoconsciencia emocional mejora la salud general. Un estudio de la Universidad Brown, realizado por Loucks y otros en 2014, demostró que las personas que son más conscientes de lo que están pensando y sintiendo en el momento tienen menos IMC (índice de masa corporal), menos glucemia en ayunas, fuman menos y tienen niveles mayores de actividad física.

Menos útil para la investigación científica, mi definición de la meditación mindfulness es más inclusiva. Se basa en la tradición budista zen y en la investigación psicológica actual. Y sobre todo está pensada como una guía para el estudio y la práctica. Aquí va:

La meditación mindfulness es la práctica (esfuerzo, vīrya) de:

1) abrirse (accesibilidad) y aceptar (inclusividad, kṣānti) nuestra experiencia momento a momento;

2) siendo claramente conscientes (atención plena, dhyāna) de nuestros pensamientos, sentimientos y acciones, así como de los pensamientos, sentimientos y acciones del resto de personas y seres implicados;

3) desde una actitud amable (benevolencia, sīla), generosa (dāna) y comprensiva (prajñā);

4) con la intención de responder adecuadamente a cada situación (responsividad) y crear conexiones amorosas con nosotros mismos y los demás (teoría del apego).

La belleza de esta definición es que encierra la esencia de lo que necesitamos para cuidar nuestra salud mental y construir relaciones saludables con nosotros mismos, con los demás y con nuestro entorno. Y esto es justamente lo que aprendemos en el Grupo Mindfulness de Gijón (Asturias).

 

¿Dónde fracasa el amor?


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Por Sue Johnson (doctora en Psicología; referente del Mindfulness Gijón)

Trad. Ben Carral

Sue JohnsonLos tres diálogos demoniacos que pueden arruinar tu relación

Las parejas infelices siempre me dicen que se pelean por el dinero, los niños o el sexo. Me dicen que no se pueden comunicar y que la solución es que su pareja tiene que cambiar. Brian me cuenta: «Si Mary no se volviera tan emocional y escuchase mis argumentos sobre nuestras finanzas y los niños, iríamos a alguna parte». Y Mary dice: «Bueno, si Brian hablase más y no se limitara a alejarse, no nos pelearíamos. Creo que nos estamos distanciando».

Después de 25 años de hacer terapia de pareja y estudios de investigación de pareja, sé que tanto Mary como Brian simplemente están viendo la punta del iceberg. Sumergido debajo se encuentra el gigantesco problema real: los dos miembros de la pareja se sienten emocionalmente desconectados.

Se están cuidando las espaldas, se sienten criticados, no escuchados, solos. Por debajo de las discusiones fuertes y los silencios prolongados, los miembros de la pareja se están haciendo preguntas clave en el drama del amor: «¿Estás ahí para mí? ¿Mis sentimientos y yo te importamos? ¿Me responderás cuando te necesite?». Las respuestas a estas preguntas, preguntas muy difíciles de hacer y de escuchar en el ardor de una pelea, suponen la diferencia entre la seguridad emocional y el peligro y la inanición emocionales.

Sabemos por todos los cientos de estudios sobre el amor que han aparecido en la última década que la responsividad emocional es lo que construye o rompe las relaciones. Las parejas felices y estables pueden reñir y pelear, pero también saben cómo sintonizar el uno con el otro y restablecer la conexión emocional después de un conflicto. En nuestros estudios encontramos que siete de cada diez parejas que reciben Terapia Focalizada en las Emociones (TFE) pueden reparar su relación. Lo hacen encontrando un modo de salirse de la desconexión emocional y de regresar al contacto seguro y amoroso que crea confianza. Pero ¿por qué no podemos hacer esto todos, incluso sin ayuda de un terapeuta? ¿Qué se interpone en el camino? La nueva ciencia del amor nos lo cuenta.

Nuestro ser amado es nuestro refugio en la vida. Cuando esta persona no está disponible y no responde, nos vemos asaltados por un tsunami de emociones: tristeza, ira, dolor y, sobre todo, miedo. Este miedo está programado biológicamente. Saber que podemos depender de un ser amado, saber que él o ella responderá a nuestra llamada es nuestro código de supervivencia innato. La investigación está clara: cuando sentimos que una relación amorosa primaria está siendo amenazada, nos entra un pánico primordial.

Solo hay tres maneras de tratar con nuestro sentido de pérdida y aislamiento inminentes. Si tenemos una unión feliz y básicamente segura, aceptamos nuestra necesidad de conexión emocional y comunicamos esas necesidades de manera directa y de un modo que ayuda a nuestra pareja a responder amorosamente. Sin embargo, si nos encontramos en una relación débil y no estamos seguros de cómo expresar nuestra necesidad, o exigimos con enfado e intentamos presionar a nuestra pareja para que responda, o desconectamos y nos alejamos para defendernos. Sin importar las palabras exactas que utilicemos, lo que estamos diciendo realmente es: «Préstame atención. Estate conmigo. Te necesito». O: «No dejaré que me hagas daño. Me calmaré, intentaré no perder el control».

Si estas estrategias predominan en una relación, es probable que nos veamos atrapados en lo que llamo diálogos demoniacos. Estos diálogos se pueden apoderar de vuestra relación. Crean cada vez más resentimiento, cautela y distancia hasta que llegamos a un punto en el que sentimos que la única solución es abandonar.

Hay tres diálogos demoniacos principales que atrapan a las parejas en una inanición e inseguridad emocionales sin solución.

Encuentra al malo

Este patrón sin salida de culparse mutuamente mantiene a una pareja a kilómetros de distancia. La pelea se parece a una competición por ver quién consigue definir a quién. Como dice Pam: «Estoy esperando su menosprecio. Tengo mi arma lista. Quizá apriete el gatillo cuando ni siquiera viene a por mí». Los dos miembros de la pareja definen al otro como indiferente o defectuoso de algún modo. Todo el mundo pierde. Pero este patrón de ataque-ataque es difícil de mantener. Normalmente es el movimiento de apertura del baile más habitual y entrampador de todos: la polka de protesta.

La polka de protesta

Los psicólogos supieron durante años que este baile de exigir-retraerse lleva al divorcio, pero no eran capaces de averiguar por qué se encuentra tan extendido y es tan letal. Ahora sabemos que potentes emociones e irresistibles necesidades mantienen en marcha este patrón: la necesidad biológicamente programada de conexión emocional y el miedo al rechazo y al abandono. Aunque nuestros cerebros sepan que de algún modo estamos empeorando las cosas al criticar o ignorar a nuestra pareja, no podemos desconectar sencillamente este anhelo ni este miedo. «Cuanto más se niega a hablar conmigo o rechaza mis sentimientos, más me enfado y le pincho», dice Mia. «Lo que sea para conseguir que me responda.» A lo que su pareja, Jim, comenta: «Y cuanto más oigo ese tono enfadado en su voz, más oigo que no le puedo agradar nunca. Simplemente me desespero y me callo más». Aunque ninguno de ellos se dé cuenta, el enemigo es esta espiral, no el otro miembro de la pareja. Mia se queja por la distancia de Jim. Jim intenta desesperadamente evitar la desaprobación de ella. Hablan de este modo porque sienten una alarmante respuesta a su pregunta de apego: «¿Estás ahí para mí?». En la polka de protesta, y en un intento por tratar con su sentido de desconexión emocional, cada persona confirma sin querer los peores miedos del otro y mantiene en marcha esta espiral. Al final, el miembro de la pareja que exige y protesta comienza a abandonar el esfuerzo de conexión, llora por la relación y también se aleja. Esto lleva al último baile de todos.

Paralizarse y huir

En este baile, los dos miembros de la pareja se sienten impotentes. Aquí nadie intenta acercarse a nadie. Nadie asume ningún riesgo. Todo el mundo utiliza la huida como protección. En otras relaciones esto podría estar bien durante un tiempo, pero con las personas a las que amamos, este baile sin respuesta es insoportable. Realmente, aquí los miembros de la pareja no están bailando en absoluto. No están participando. No estamos programados biológicamente para tolerar esta clase de aislamiento. Si no cambia nada, la relación está en caída libre.

Cuando las personas atrapadas en los diálogos demoniacos vienen y me preguntan: «¿Hay esperanza para nosotros?». Les digo: «Claro que la hay». Cuando comprendemos de qué trata realmente el drama del amor, cuáles son nuestras necesidades y miedos, podemos ayudarnos mutuamente a salir de estos diálogos negativos y entrar en conversaciones amorosas positivas  que nos llevan a los brazos el uno del otro y nos conducen seguros a casa.

Fuente:
Sue Johnson, «Where does Love Go Wrong? », en Drsuejohnson.com, 2013, visita: 11 de enero de 2015, trad. Ben Carral.

14 maneras de crear la mejor relación de tu vida


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Por Sue Johnson (doctora en Psicología; referente del Mindfulness Gijón)

Trad. Ben Carral

Sue JohnsonDespués de 30 años de trabajar con parejas e investigar cómo las personas reparan sus relaciones, me di cuenta de repente de que realmente habíamos alcanzado un momento clave: todos nuestros estudios, historias y la ciencia habían convergido, y estábamos en medio de una revolución: una nueva manera de entender verdaderamente el amor romántico. Finalmente podemos comprender las leyes del amor, y ¡tienen sentido!

Hemos crackeado el código del amor y hemos encontrado el sendero que conduce a las relaciones que anhelamos. Puedes crear una relación satisfactoria, un refugio seguro, restaurando el vínculo de amor romántico. Y puedes empezar ahora:

1. Abandona la idea desfasada de que el amor es algo que simplemente te sucede.

Toda la nueva ciencia nos dice que el amor romántico ya no es un misterio. Tiene un sentido perfecto. Puedes aprender sus leyes. ¡Tienes más control del que crees sobre este disturbio de la emoción! Puedes dar forma a lo que entiendes. El primer paso es decidir aprender sobre el amor y la nueva ciencia de la vinculación.

2. Todos los días intenta acercarte a alguien y pedirle su atención o afecto.

Acepta que eres un mamífero y que el amor es un código de supervivencia antiguo con el que estamos biológicamente programados. Eres más feliz, tienes más salud y más fuerza, tratas mejor con el estrés y vives más cuando promueves los vínculos con tus seres amados. Está BIEN necesitarlos; son tu mayor recurso. No estamos diseñados para la autosuficiencia. Los más fuertes entre nosotros aceptan esta necesidad de conexión y se arriesgan a acercarse a los demás.

3. La próxima vez que te sientas incierto o preocupado o ansioso, intenta mencionárselo a tu pareja y cogerla de la mano, o sentir sus señales emocionales y acercarte a por su mano.

Los vínculos del amor nos ofrecen un refugio seguro donde podemos protegernos y recuperar nuestro equilibrio emocional. El último estudio de nuestro laboratorio demuestra que simplemente coger de la mano a tu ser amado puede calmar tu cerebro y desconectar el miedo.

4. Ve si puedes detectar momentos en los que encuentras difícil abrirte y te pones a la defensiva, te distancias o desconectas.

Sabemos que la apertura y la responsividad emocionales son el terreno sobre el que se apoyan los vínculos sólidos y duraderos.  Ver si puedes tomar la iniciativa y compartir con tu pareja, ayudándole a entender lo que dificulta abrirte en este momento.

5. Reflexiona sobre cómo soléis interactuar tu pareja y tú.

¿Podéis cada uno de vosotros acercaros al otro? ¿Qué haces cuando el otro se disgusta o no te responde? ¿Presionas en busca de contacto o te alejas? Dile a tu pareja algo que ella pueda hacer para ayudarte a acercarte en vez de ponerte en su contra o alejarte.

6. Intenta hablar con tu pareja acerca de cómo os impactáis el uno al otro.

Los dos ofrecéis pistas de seguridad o de peligro que nuestro cerebro interpreta como una información de supervivencia importante; todos somos vulnerables cuando estamos solos. ¿Cuándo surge en ti una alegría o contento reales por tu pareja? ¿Cuándo se provoca la aflicción; un sentido de ser rechazado o estar solo? Nuestros cerebros codifican esta clase de dolor en el mismo lugar y de la misma manera que el dolor físico.

7. Cuando os peleéis, toma una respiración profunda e intenta ver la pelea como si estuvieras volando en el techo.

A menudo, debajo de la conversación sobre los asuntos problemáticos, alguien está pidiendo más conexión emocional. Ve si puedes tener curiosidad e identificar el baile: quizá sea el típico boogie en el que uno presiona en busca de contacto, pero el otro escucha críticas y retrocede. Fíjate en cómo os deja a los dos sintiéndoos solos y un poco asustados. Habla sobre ello.

8. Una vez al día invita a tu pareja a una mayor cercanía con un sencillo juego de empatía.

Cada uno piensa en un suceso de su día. Entonces os turnáis para leer la cara del otro e intentar identificar si veis una de las seis emociones básicas: alegría, sorpresa, tristeza, ira, vergüenza o alguna clase de miedo. Comprobad si vuestra suposición es acertada. ¡Es importante aprender a sintonizar!

9. Tomaos un momento de silencio, sintonizad con el canal emocional y ved si cada uno podéis compartir con el otro lo que más necesitáis.

Mantenedlo simple y concreto. ¿Necesitas consuelo, que te dé tranquilidad, apoyo y empatía, un mensaje claro de lo importante que eres para él o para ella? Si resulta demasiado difícil compartir esto, comparte lo duro que te resulta abrirte y pedir.

10. Sé consciente del hecho de que las heridas emocionales hacen descarrilar las relaciones.

Puedes infligir un gran dolor a tu pareja simplemente porque tú importas mucho: ella o él depende de ti. En un momento de intimidad, pregunta a tu ser amado si hay heridas sin sanar, quizá ocasiones en las que no captaste sus pistas en busca de apoyo y conexión. Intenta ayudarle con este dolor. (No desaparece simplemente con el tiempo.) A menudo decirle que puede sentir lo dolido que está y que quieres ayudarle con ello hace maravillas.

11. Sabe que la mejor receta para un sexo estupendo es la conexión emocional segura y la comunicación abierta.

Escribe una pequeña descripción de lo que tu amante ideal podría hacer en la cama y de cómo podría invitarte al juego erótico. Dáselo a tu pareja y ved qué podéis descubrir el uno del otro. Recuerda, la crítica daña literalmente y desconecta la exploración y la sexualidad.

12. Habla sobre lo que has aprendido en tu familia sobre cómo tratar con las emociones.

Las emociones son la música del baile de las personas que se aman; ayuda si la música está clara. Entonces podéis predecir las intenciones del otro y saber cómo moveros juntos en armonía. Habla acerca de las cosas que has aprendido que hacen que para ti sea difícil escuchar o compartir tus sentimientos.

13. Contaos vuestra meta principal para el año próximo y ved si podéis encontrar una manera de apoyaros el uno a otro para alcanzarla.

Está claro que cuando sabemos que alguien nos cubre las espaldas, tenemos más confianza y somos más aventureros. Alcanzamos nuestras metas más fácilmente y nos sentimos menos alterados por las decepciones.

14. Honrad vuestra conexión. Cread pequeños rituales para reconocer vuestro vínculo.

Quizá sea un beso especial cuando salís por la mañana o un tiempo de vinculación especial de 10 minutos en cuanto llegáis a casa. Es un tiempo sagrado. No se permiten agendas de negocios, resolución de problemas ni distracciones en forma de pequeñas pantallas electrónicas.

Coged el amor en vuestras propias manos y abrazaos fuerte.

Fuente:
Sue Johnson, «14 Ways To Create The Best Relationship Of Your Life», en Mindbodygreen.com, 2 de enero de 2014, visita: 5 de enero de 2015, trad. Ben Carral.